Lluvia

José A. Ponte Far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL

El día de Reyes, con el día desatado en agua, me sorprendí al verme detrás de una ventana de mi casa, de pie, contemplando pasmado cómo llovía en la calle. Tantos años después, la lluvia sigue teniendo aún para mí una atracción telúrica, que identifica al que fui con la contingencia del que ahora soy. Pararme a ver cómo llueve fuera es un momento que tiene para mí un encanto especial, y lo fue así ya desde niño, cuando regresaba a casa todo mojado, y después de cambiarme de ropa, podía pasarme una hora contemplando la tenacidad con que la lluvia bañaba la calle, si me asomaba a las ventanas que daban al sur, o cómo encharcaba la huerta, si la observaba desde la sala que se orienta al poniente. Los años pasan, pero las fijaciones se mantienen, como pude comprobar esta tarde de Reyes.

En el silencio vespertino observo a través del cristal cómo cae una cortina de agua que ensombrece la luz del día que agoniza. Y por esos pasadizos extraños de la memoria, que van enmarañando tiempos, sueños, lugares, tristezas y nostalgias, me veo en la habitación de mi colegio, un internado en el que convivíamos quinientos chavales desde once -yo tengo trece en este recuerdo- a dieciséis años. Las tardes de domingo, en aquel Santiago gris y lluvioso, en el que la humedad era una agresión física y anímica, yo pasaba mucho tiempo mirando por la ventana, escuchando el murmullo de la lluvia, contemplando cómo la ciudad, allá abajo, se diluía en una niebla densa y fría. Y evoco, con tanta nitidez como si los estuviera oyendo ahora, tres sonidos diferentes que siempre aparecían. El más solemne era el de las campanas de la catedral: sonaban lejos, grises y enormes, y se colaban por las rúas y callejones milenarios hasta llenar con sus viejas historias mi fantasía de chaval.

Otro sonido, el más melancólico, el que me llenaba de nostalgia y un poco de tristeza, era el silbido de un tren, que el viento del sur me traía hasta la ventana y que me hería extrañamente. Un tren que se iba hacia lo desconocido tenía algo de misterioso y de atractivo. Nosotros siempre allí, del coro al caño y del caño al coro, como decía el trabalenguas, mientras que el tren se abría camino en la noche hacia mundos en donde no había ni prefectos de disciplina ni directores espirituales. La adolescencia se inicia siempre con vagas ansias de libertad.

Pero el sonido más familiar y entrañable, era la voz de una monja que cantaba mientras planchaba, en una sala grande, justo debajo de mi habitación. No fallaba nunca. Y lo hacía muy bien, con una voz blanca y cristalina, que transformaba en ronca, con un deje canallesco, como una Carlos Gardel femenina, cuando cantaba el tango Tomo y obligo, que era su canción favorita. Y la mía, de tanto oírsela. Yo en la ventana, escuchando «Sin un amigo, lejos del pago...», viendo pasar paraguas, mirando el tiempo, con la mirada perdida en algún farol moribundo. Pero ella no cejaba, con la voz empastada de buena tanguista, «Fuerza, canejo, sufra y no llore...». Y yo pensaba que la vida no iba a ser fácil para nadie, y que por eso había que afrontarla con ánimo y buen talante.

Aquellas tardes de domingo, viendo llover al otro lado de la ventana, lo que yo aprendía de filosofía para la vida era mucho más importante que lo que me enseñaban durante la semana en las aulas.

Desde aquí, mi agradecimiento a la lluvia, a la monja y a Carlos Gardel.