Regalos de Navidad


Estoy en la librería de un aeropuerto gallego esperando la llegada del avión en que viene un hijo. Me entretengo mirando libros, que conviven pacíficamente con almendrados de Trives, con el roscón de Vilalba y abuelas con niños. Un ambiente de mercado en el que se vende lo que, quienes lo regentan, consideran que tiene una salida inmediata. Los libros están en la misma línea de oferta mercantil que las larpeiradas, mismo al lado de unas tejas de almendra realmente apetecibles? Son obras todas actuales, novelas mayoritariamente, con una presencia destacada de escritoras de éxito. Allí estaban, en estantes atiborrados, lo último de Matilde Asensi, Elvira Lindo, María Dueñas..., escoltadas por el siempre presente Pérez Reverte. Hoy, con las librerías, pasa lo mismo que con las tiendas de ropa de vestir: lo último es lo que aparece en el escaparate. Lo de la temporada anterior ya está pasado de moda, no interesa. Es como si los libros tuviesen también fecha de caducidad, y un Galdós o un Baroja ya no tuvieran el más mínimo interés.

En estos pensamientos andaba yo cuando, en la esquina de un estante, escondido y oprimido por varios ejemplares del último libro de Teresa Viejo, encuentro dos ejemplares de El Aleph, de Jorge Luis Borges, frágiles y desvalidos, en la edición de Alianza Editorial. Me alegré de ver un clásico entre tanta modernidad sin mucha consistencia. Y no dudé en intervenir cuando escuché a una señora preguntarle a la dependienta si podía recomendarle algún libro bueno, de buena literatura, que era un regalo que le quería hacer a su nuera, culta y buena lectora. Antes de que la chica le recomendase cualquiera de lo que allí estaba más a la vista, cogí el libro de Borges y, dirigiéndome a la señora, le dije: «Disculpe, pero si la destinataria es como usted dice, llévele este». La señora dudó un momento, por la apariencia sencilla del libro y su módico precio, pero aceptó el espontáneo consejo y pidió que se lo envolvieran para regalo.

Me quedé con dudas acerca de si la recomendación sería acertada porque desconocía la capacidad lectora de la destinataria, aunque respondía por la entidad del escritor y del libro recomendado. A cualquier persona medianamente formada en la lectura le gusta Borges. En este libro, además, se combinan relatos de cierta dificultad intelectual, como el que da título a la obra, El Aleph o La casa de Asterión, con otros más apegados al realismo más clásico, como Emma Zunz o Deutsches Requiem, de un nivel literario muy difícil de encontrar en la narrativa moderna. En este aspecto, no tenía ninguna duda del acierto de mi recomendación. Pudiera ser, sin embargo, que la destinataria de este ejemplar tuviese algún prejuicio negativo sobre la persona del autor y que eso la inclinase a no valorar el libro que su suegra le regalaba. Pero también me tranquilizó la experiencia de haber conocido a muchos detractores de Borges, como persona, que habían acabado sucumbiendo a la magia de su literatura. Vivieron años viéndolo como un personaje odioso -aquella medalla que recibió de manos de Pinochet, su no oposición a Videla en el golpe militar argentino, que acabarían costándole el Premio Nobel- para acabar admirándolo sin reservas como escritor. Convencido de haber acertado con el consejo, compré el otro ejemplar que quedaba para que mi hijo lo lea en estas vacaciones.

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