Dedicación y talento

José A. Ponte Far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL

Para un trabajo que tengo comprometido estoy volviendo a leer a Marcel Proust. Por cierto, lo disfruto mucho más ahora que la primera vez, allá en la época de estudiante en Santiago, y casi por obligación. Aunque de lo que voy a hablarles hoy es de otro asunto menos literario, no puedo dejar de recomendar su lectura a quien no lo haya leído, siempre que sea un lector con experiencia y ame la buena literatura. Su obra En busca del tiempo perdido es una de las cimas de la novela universal. Hay que descubrirse ante la belleza de su prosa: cada frase parece un verso cargado de lirismo. Consta de siete partes, cada una con su título propio, y fue escrita entre 1908 y 1922, año en que muere el escritor. Los siete libros se fueron publicando entre 1913 y 1927: los tres últimos son póstumos.

Dicho esto, de lo que quisiera hablarles es de algo más común, que se me ocurre a propósito de Proust y que es posible nos encontremos en nuestro entorno vital. Se trata de la férrea capacidad de una persona para dedicarse, por completo y sin dudarlo, a cultivar sus aptitudes para una labor de creación artística. Proust conoce sus dotes de observación, su facilidad para escribir, que irá perfeccionando por medio de su gran afición lectora, su buen gusto por la literatura. Sin embargo, se pasa su juventud malgastando su talento por los salones de señores de la alta burguesía parisina, a la que él también pertenecía. Su delicada salud y la inclinación homosexual (que él mismo confiesa en su obra, en un alarde de modernidad más propio de nuestras actuales salidas del armario, que de aquella época: Óscar Wilde, por seducir a un joven, estuvo dos años en la cárcel, en el mismo París de Proust y coincidiendo en esos años) tampoco le permitieron una vida más o menos normal, como la de cualquier joven, para gozar del sosiego que necesita la tarea de escribir. Pero llegó un momento en que se sintió preparado para su labor creadora. Supo que tenía un enorme material almacenado -en realidad, su propia vida y todo lo que había observado a su alrededor- y decidió entregarse a convertirlo en arte literario. Se encerró en su casa y durante los últimos diez años de vida se dedicó a escribir más de tres mil páginas que acabarán constituyendo ese monumento de la literatura que es En busca del tiempo perdido.

El lado que me interesa destacar de esta entrega de Proust al arte de escribir es que lo hace por ser fiel a su vocación. No por dinero, ni por fama ni vanagloria. De hecho, su primer libro, Por el camino de Swann, fue rechazado por la editorial Gallimart, en concreto por André Gide, una autoridad en Francia, y por lo tanto pasó desapercibido para la crítica y para el público. Lo hace porque cree en su talento y por ser fiel a sí mismo. De manera semejante, Van Gog pintó casi frenéticamente, entregado a su pasión creadora, aunque no vendiese más que un cuadro en su vida y, por lo tanto, tampoco conociese ni el éxito ni la fama. ¡Cuántos artistas se han perdido por esta falta de fe en lo que estaban haciendo o por esperar, al otro lado de su trabajo, la compensación material del dinero y del reconocimiento público! No todo lo que se hace en arte tiene que tener un reconocimiento inmediato ni un rendimiento económico. Ahora mismo, más que nunca, viene bastante a cuento recordarlo.