El número 50 lucía visible en el centro de un círculo blanco bordeado de rojo, en sendas señales hincadas a ambos lados de la carretera en la entrada de la población. Las autoridades habían resuelto limitar la velocidad a solicitud de automovilistas y viandantes. Hasta entonces, la rapidez de circulación quedaba al libre albedrío de los conductores: los había prudentes, pero no dejaba de haberlos alocados y hasta temerarios. La restricción parecía haber resuelto el problema. Pero he aquí que Escarlata, una muchacha lista y un tanto empecinada en salirse con la suya, continuaba circulando por aquella vía a 90 km/h, porque, sostenía, siempre lo había hecho así, y, además a ella la directora general de Tráfico no le había comunicado, de manera oficial e individualizada, que había que hacerlo a 50 km/h. Como quiera que algunos allegados le hicieran saber que aquel disparate era insostenible, Escarlata apeló a que ella se desplazaba velozmente porque tenía muchas cosas que hacer y todas importantísimas. Con paciencia, sus más próximos la sacaron del desvarío, pero no de su obstinación: ahora sostiene que desoír la norma, lo que se dice desobedecer, ella nunca lo pretendió; pero lo mejor es que se establezca un calendario para su cumplimiento. Por ejemplo, el mes próximo circulará a 80 km/h, al siguiente lo hará a 70 km/h, y así hasta llegar a los cincuenta que marcan las señales. La directora general de Tráfico, la sección de la Guardia Civil que se ocupa de la circulación viaria, los vecinos del pueblo y quienes se enteran de la historia, con los ojos como platos, no dan crédito a semejante desfachatez. Pero en ello anda Escarlata.