Viaje


Luis era joven cuando descubrió que los cuartos de baños de las hamburgueserías O?donell eran teletransportadores. Le perseguían unos chavales del barrio y consiguió arrastrar su cojera hasta una de ellas y encerrarse en el baño.

Sus acosadores se amontonaron tras la puerta; Luis sabía que le esperarían.

Cerró los ojos con fuerza y deseó estar en una playa en Indonesia. Las voces de los muchachos se desvanecieron de inmediato y cuando abrió los ojos vio que el baño no era el mismo en el que se había escondido.

Al salir se encontró en un O?donell lleno de pequeños y sonrientes asiáticos.

Desde entonces viajó sin parar.

Durante un tiempo tuvo un trabajo en Vancouver al que iba y venía desde Getafe, pero luego comenzó a traerse de vuelta objetos artesanales o sustancias ilícitas que vendía después por un dineral.

Se hizo rico, amó a mujeres de los cuatro rincones del mundo, envejeció feliz.

Una mañana, ya anciano, se detuvo a orinar en uno de los retretes antes de emprender su enésimo viaje a Edimburgo; la próstata no le respondía ya. «Estoy hecho una ruina», dijo en alto, y la teletransportación se disparó justo cuando pronunciaba la última palabra.

Luis apareció en el baño de destino en el momento en que la bola de demolición golpeaba el edificio, y fue sepultado por los cascotes sin tiempo para comprender qué había sucedido.

Nadie en Nápoles supo explicarse la aparición de un viejo de Getafe bajo las ruinas de un edificio de Caserta.

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