Parroquia

Miguel Salas CUENTOS BÍFIDOS

FERROL

Don Claudio llevaba medio año destinado en la parroquia. Los lugareños no confiaban en él, que tampoco

terminaba de encontrarse a gusto entre ellos.

Cosas extrañas sucedían en aquel valle perdido, y sospechaba que allí el cristianismo no pasaba de ser un barniz. Iban a misa y cumplían con los sacramentos, pero ciertos detalles lo inquietaban.

Siempre comulgaban, por ejemplo, con el ojo izquierdo guiñado, y al recibir la hostia chascaban la lengua tres veces; había visto a unos cuantos vecinos poner cuencos con sangre y leche junto a un árbol seco que había a las afueras, en un cruce de caminos.

Pero aquella no era mañana para pensamientos sombríos. Se llevaba a los chavales de la escuela a visitar la catedral de Santiago. Esperaba que el viaje plantara en sus pequeños corazones la semilla de la fe. Don Claudio se durmió apenas tocó asiento. Llevaba a Mocedades en los cascos y se relajó: el conductor era un vecino y conocía a todos los niños.

Se despertó un par de horas después. El sol le molestaba y sentía la humedad caliente de la baba resbalándole por el mentón. Se dio cuenta de que aquel no era el camino a Santiago un instante antes de notar las cuerdas que lo ataban al asiento.

En el merendero donde había parado el bus, varios niños convertían una mesa en un ara sacrifical.

Todos cantaban en una lengua extraña, gutural y oscura que hizo a don Claudio perder la razón antes de que el conductor terminara de afilar los cuchillos.