El banco más bonito del mundo

YES, la revista gallega de gente, creatividad y tendencias, visita la costa de Loiba donde dos tablones y dos patas de madera al borde del acantilado y una frase lo dejan claro: «The best bank in the world». Hay quien confiesa que lloró al sentarse por primera vez


Hay quien, cuando llega, ignora que está a punto de sentarse en el banco más bonito del mundo, traducción libre de la frase que algún día, por determinar, alguien -en el pueblo se dice que un joven británico algo indignado con la banca- escribió a bolígrafo en la parte trasera del asiento: «The best bank in the world». Hoy cuesta leer el mensaje, cubierto por una pintada negra: KREMA.

Javier y Cruz, coruñeses, desconocían la historia del banco, igual que su hijo Pablo y su novia, Cruz, madrileña, que se asoman a los acantilados de Loiba, en el litoral de Ortigueira, por tercera vez en la misma semana. «Lo recomendaremos, pero solo a los más cercanos», prometen los padres, convencidos, tras un viaje en coche hasta la Bretaña francesa, de que «como esta costa, tan espectacular, no hay otra». Tampoco sabían que esta estructura elemental -un par de tablones y dos patas- ha protagonizado un anuncio de Ikea. «Lo vimos en la televisión y hemos querido tocarlo y sentir el vértigo», cuentan Laura y Juan, pontevedreses. Algo exageran, aunque acercarse al borde del acantilado impresiona y conmueve, todo a un tiempo.

Miguel, oscense, y su pareja, Cristina, venezolana, se reservan para la puesta de sol, que cae por encima de Os Aguillóns, al pie del cabo Ortegal. El banco funciona como una perfecta atalaya. Hacia el oeste, acantilados de filitas y esquistos y arenales salpicados de estas rocas, muy afiladas. Al este, el paisaje se repite, si cabe más acerado, ocultando el antiguo embarcadero y, más allá, la playa de Picón.

Camisetas y tazas

«Un abuelo del lugar nos ha dicho que no dejemos de ir al mejor banco del mundo... y aquí no esperamos un banco comercial», relata una familia de Alicante, bien encaminados. El verano pasado descubrieron la Costa da Morte y este año han decidido explorar la comarca del Ortegal. «Deliciosa, como el día». Con el mar azul cobalto, el sol esquivo apuntando a los bajos de Espasante y los cúmulos amenazantes sobre la punta de Estaca de Bares.

En el chiringuito de Picón, abierto solo en verano, conversan lugareños y turistas, cada cual con su versión sobre el banco. Aquí se venden camisetas y tazas con el eslogan -reproducen hasta la tachadura del vocablo «bank» y la palabra «bench» (en inglés, banco para sentarse) escrita en la parte alta con afán corrector-, diseñadas por un joven de Loiba.

«¿Queda mucho?», pregunta una pareja asturiana. «Unos 200 metros». «Sois unos afortunados porque todavía no habéis estado en el banco más bonito del mundo», contesta José, reincidente: «La primera vez lloré, lo prometo».

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