Hn sido diez años en los que hemos ido viendo como el gigante industrial de Fene iba achicándose. La estampa de su impresionante grúa pórtico parada y sus dos enormes gradas vacías ha presidido la margen sur de la ría de Ferrol. Conocimiento desaprovechado, sangría de empleos cualificados, pérdida de sectores en los que estaba posicionado y un veto que le expulsó del mercado civil a mediados de la década de los ochenta han marcado la historia reciente del astillero.
Navantia, que dejó marchar el off-shore como antes había hecho con el eólico -sin pena ninguna, despreciando las actividades civiles-, pletórica entonces por el bum de contratos que tenía en el sector militar, asegura ahora que apuesta por recuperar el mercado de las plataformas marinas que tantos éxitos reportó a la antigua Astano. Y además la incluye en una nueva división, la eólica marina, en la que está empezando a dar pequeños pasos.
Si bien lo hizo empujada por la necesidad de diversificar su cartera de productos en unos momentos en que los pedidos militares comenzaban a escasear, es la primera vez en años que invierte la tendencia, que para de desechar y apuesta por adentrarse en nuevos mercados. Nadie duda de las fortalezas del astillero de Fene, que en el peor momento de su trayectoria, tras una reconversión salvaje, supo no solo reinventarse sino hacer historia en el mercado off-shore. Es más que justo que se apueste por devolverle el futuro que se le negó durante años. Ahora hay que demostrarlo con hechos.