Fruto

Miguel Salas

FERROL

Maruja mató a su marido poco después de que ambos cumplieran ochenta. Optó por enterrarlo en el jardín. Cavó una fosa bien profunda, tiró el cuerpo boca abajo para que avanzara hacia Australia si le daba por revivir, lo cubrió de tierra y rezó un padrenuestro a pie de tumba.

Durmió toda la noche de un tirón y se despertó renovada. Al salir al patio se dio de bruces con un árbol nuevo, ya grande, sobre la tumba de su difunto. Sus frutos eran pálidos y arrugados. Tomó uno, y al partirlo salió de su interior una voz antipática que dijo golfa.

No le extrañó que el cadáver de su Andrés diera reproches: eran todo lo que había producido mientras estuvo vivo. Aquel milagro debía de ser cosa de tanta lluvia. Maruja era mujer práctica y enseguida se le ocurrió cómo sacarle partido. Buscó, para plantarla, la última carta que le escribiera su hermana Manuela antes de morir en Cuba. A la mañana siguiente otro árbol adornaba el jardín. Partió un fruto y este gritó: «¡Mi Maruxiña!». Las frutas, apretaditas y coloradas como su hermana había sido, contestaron a todas sus preguntas.

Por la tarde enterró todos los recuerdos que guardaba en casa, y en cosa de una semana enormes árboles rodeaban el rincón de jardín en el que se sentaba a descansar. La gente, cuando pasaba junto a la altísima tapia de la casa, oía siempre jaleo de voces que sonaban felices y un poco antiguas, y le pedía al cielo la suerte de una vejez en familia como la de Maruja.