Aquel individuo nunca estuvo interesado, al menos nunca lo estuvo, recordaba, desde la asunción cabal de su madurez, en la trascendencia de ese corpus doctrinal de la muerte y el sufrimiento, esa ingeniosa sublimación del masoquismo de trueque: padecimiento ostentoso hoy como pago en prenda por un futuro disfrute hipotético. No le gustaban los fielatos, y mucho menos los ideológicos así estuviesen al cargo de funcionarios como de clérigos. En fin, era lo que antes se llamaba un librepensador. Por estas fechas esperaba la romería de Chamorro como una liberación a lo que consideraba atmósfera asfixiante, ambiente opresivo de cirios e incienso, de coerción social bajo el pretexto de la tradición y el orden, sobre todo el orden. Era un raro. Animaba a sus convecinos a desplazarse hasta cerca del Pico de Loro -¿o Pico del Oro?- y allí, sobre manteles humildes, compartir las tortillas, el pan, el café de los termos y el garrafón también. No había devoción mariana en su propósito, en todo caso una pulsión panteísta tal vez como la que fue suplantada por la ortodoxia. De regreso de la fiesta dionisíaca y solidaria acaso una parada en Casa Miño, a la vera del río de la Sardina, antes de tomar aliento y ascender por el Raposeiro para llegar a Canido. Aquel cascarrabias letraherido sostenía que las tradiciones siempre recuperaban el equilibrio, como el carnaval y la cuaresma por ejemplo. En fin, el hombre hace años que falleció y ya no podrá alentar a las familias vecinas a emprender la excursión. Pero Chamorro se celebra mañana.