La ferrolana que desafía a los mares del Sur

FERROL

Mercedes Villar tripula un catamarán que se está reconvirtiendo en clínica y que estos días lleva una tonelada de medicamentos desde Fiji hasta las pequeñas islas de Tonga arrasadas por un ciclón

10 mar 2014 . Actualizado a las 13:12 h.

El catamarán Segue, de bandera canadiense, zarpó el lunes pasado del puerto de Nadi, en Fiji, con rumbo a las islas del grupo Lau y de allí a las de Tonga. Esta navegación nos pasaría desapercibida si no fuera porque el yate, propio para el crucero de lujo, transporta ahora médicos en lugar de turistas y medicamentos por valor de unos 100.000 dólares, y porque en la correspondiente driza ondean las banderas de España y de Galicia, las de Mercedes Villar, la tripulante ferrolana que ha cambiado de vida para dedicarse a repartir fraternidad por los mares del Sur.

Mercedes es una navegante apasionada: «Agarrarse a un obenque para impulsarse hacia el barco desde el muelle es como una limpieza... sientes que en ese salto todos los malos rollos se quedan en el muelle». Y no es una recién llegada. Empezó con diez años, cuando sus padres la apuntaron a clases de vela en A Graña. Al poco estaba inscrita en el club de Astano, la única chica del equipo, que competía contra el de la Marina. A los 17 años, Mercedes se va a Salamanca a estudiar Bellas Artes, pero en verano vuelve a hacer vela como monitora en Gandarío (Bergondo). Acabada la carrera, y mientras cursa un máster de dirección de proyectos multimedia, comienza a enrolarse como tripulante en veleros de regatas. Segundo máster, esta vez en publicidad y en Madrid; los fines de semana, autobús hasta el pantano de San Juan, «una paliza», para no dejar de navegar.

La llamada del mar

Terminado el máster, trabaja en la agencia madrileña Tiempo DDBO hasta que la añoranza del mar y una oferta de una de las mayores agencias publicitarias de Galicia la llevan hasta A Coruña. Fue, dice, «un trabajo frenético, pero unos años preciosos, viendo cómo la empresa crecía y crecía...». Pero al fin el estrés y el agotamiento pudieron más. La directora creativa pide trabajar en casa; vuelve a tener tiempo para navegar. Llega la crisis, y el paro. Se ofrece como tripulante. Así, lleva un barco desde Palm Beach (Florida) hasta Canadá, y navega en otro en la caribeña San Martín.

«Es noviembre y en mi cumpleaños decido lanzar la bomba, me marcho a México para cruzar el Pacífico a bordo de un catamarán canadiense, el Segue. Colin, el capitán, buscaba tripulante y yo buscaba barco. Mi intención era únicamente cruzar el Pacífico y volver a casa. En las islas Marquesas, dos tripulantes decidieron regresar. Yo no tuve el coraje de dejar el barco y continué con la intención de abandonarlo en Tahití. Una vez allí, llega el hombre que tenía que sustituirme. ¡Un horror! El problema de encontrar un buen tripulante es que la gente viene con el chip de vacaciones, no se dan cuenta de que vivir en un velero requiere trabajo diario de mantenimiento. Así que continué en el barco, y pasamos las islas Cook, Samoa, Tonga. Nos refugiamos en Nueva Zelanda durante la época de ciclones. Allí me busqué la vida como diseñadora gráfica para poder pagar los 3.600 euros que costó llegar con mi perrita madrileña, Alba, una yorkshire terrier de 14 años y que es la única que habla español en el barco. Tras ahorrar suficiente, pude volver a casa en mayo».

«Recuerdo que había salido de España el día siguiente de las elecciones generales; dejé un país con ilusión... Cuando regresé, el choque con la realidad fue terrible. Tengo un pequeño apartamento en el centro de A Coruña. Pasear por mi vieja calle me rompió el alma: todos los comercios cerrados. Ferrol, aún peor. Encontré a la gente deprimida, enfadada. Decidí hacerle a mi padre una pregunta que llevaba más de un año torturándome: ?¿Estoy perdiendo el tiempo? ¿Quieres que me quede y busque trabajo??. Y me sorprendió cuando me dijo: ?No, sigue navegando?. Toda la morriña que había sufrido en el Pacífico se borró en ese momento».

Mercedes regresó a Nueva Zelanda, pero con otra visión. ¿Qué vio? Posiblemente lo mismo que Bernard Moitessier cuando, ya en la última etapa de la regata en solitario más famosa del mundo, decidió dar vuelta y vagar entre los atolones del Pacífico. El catamarán ya no alquila sus camarotes; circula entre islas, ayuda como transporte, lleva material a las escuelas donde Mercedes da clases de arte a los niños. Navegar a vela resulta barato: «El barco es muy eficiente, casi nunca utilizamos el motor; y además, la energía nos la facilitan las placas solares». Transitando fuera de las rutas turísticas, los tripulantes del catamarán pagan muchas veces con anzuelos sus comidas a las familias que los acogen.

Sea Mercy

El pasado 16 de octubre, el barco topó con un arrecife no marcado en las cartas de Fiji. Todo el costado de babor quedó bajo el agua, en temporada de ciclones. Los recuerdos de otros barcos amigos desaparecidos o hundidos les vinieron a la cabeza. Se salvaron, y también la embarcación. A los pocos días, como para compensar el naufragio, una pareja formada por una brasileña y un francés les habla por primera vez de Sea Mercy: lo que estaban buscando. Sea Mercy (misericordia en el mar) es una oenegé norteamericana que alista barcos de poco calado, espaciosos y rápidos -como el Segue- con los que llevar médicos y enfermeras a las islas más remotas, en este caso a las de Tonga, arrasadas en enero por el ciclón Ian. El Segue empieza su carrera de barco médico.

El lunes, tras esperar semanas por una tregua meteorológica, el catamarán zarpó con una tonelada de medicamentos cedidos por el Gobierno fijiano y dos médicos y una enfermera apiñados en un camarote, en flotilla con otro barco similar. «Una vez en Tonga llevaremos a doctores nativos a las islas del grupo Hapai», dice Mercedes. «Haremos tantos viajes como sean necesarios, y cuando acabemos regresaremos a Fiji, donde terminaremos de convertir el Segue en una clínica flotante que operará durante 5 o 6 meses en el grupo Lau. Tendremos rotaciones de 10 días o quizás tres semanas de tres doctores y tres enfermeras norteamericanos y dos doctores fijianos».

La segunda de a bordo desearía que Sea Mercy un día ofrezca también rotaciones a médicos españoles. Es que la nostalgia es fuerte. «A veces, en semanas, no comemos más que plátanos, cocos, algún pescado... ¡Cómo echo de menos un buen chorizo de Guijuelo!». Perdieron, en el naufragio, algunos enseres difíciles de sustituir. ¿Qué es lo que más añora? Una paellera. Si algún distribuidor quiere enviársela, puede hacerlo al capitán, Colin Dykstra, Yacht Segue, Port Denarau Marina, Nadi, Fiji. Habrá de ser grande, porque como se ve en su página de Facebook (Sailing with Segue), los marinos canadiense y gallega suelen comer con familias muy numerosas.

El sueño de Mercedes es completar la vuelta al mundo y fondear un día en la rada de Ares, frente a la casa de sus padres. Ojalá lo veamos. La recibirá una familia amplísima, la suya y toda esa entre la que, como escribió Joseph Conrad, «existe el vínculo del mar, que, además de mantener nuestros corazones unidos durante largas ausencias, tiene la fuerza de hacernos comprensivos».

Por