El servicio cuenta con un sello de calidad e incorpora ropa de colores para la planta infantil
09 dic 2013 . Actualizado a las 12:53 h.En uno de los semisótanos del hospital Arquitecto Marcide, justo debajo de la farmacia, hay un departamento que es todo movimiento. Frente a la única ventana trabajan durante todo el día cinco mañosas costureras, mientras que a las puertas de su sala las compañeras de su departamento (en el que trabajan 40 personas, la gran mayoría mujeres) no paran.
Cada día reciben 4.000 kilos de ropa del hospital y de los centros de salud de la comarca. Llega en sacos cerrados y clasificados en función de su contenido y que no se abren hasta que están en el interior de alguna de las ocho lavadoras (dos tienen capacidad para 110 kilos en cada llenado, cinco de 55 y de 12, la más pequeña, que se usa para la lencería delicada).
«Cada hora baja un carrito que recoge por las plantas todas las prendas», explica Belén González, la responsable de un servicio que fue uno de los primeros en ganar un certificado de calidad y que mantiene unas cifras muy buenas en el tratamiento de las sábanas. «Tratamos la ropa con cariño y no tenemos que recurrir a programas o detergentes agresivos, así que nos dura mucho más todo», apuntan, al tiempo que recuerdan que cada año tienen un consumo de 2.800 unidades de sábanas, 2.200 de toallas y otros 2.000 camisones y pijamas. Precisamente, estas prendas son las que se van a renovar en breve para la planta infantil, ya que se adquirirán casacas con dibujos alegres para que los pequeños se encuentren más a gusto. Casi todas estas adquisiciones pasan por las manos de cinco costureras que las marcan y las arreglan como les piden los usuarios. Y cuando se necesita, incluso hacen a medida las batas, camisas o pantalones: «Nos ha pasado en los casos de personas que eran muy altas o gruesas o mujeres que querían llevar falda», explican.
Aunque una de las tareas más laboriosas es combinar las partes de cada uniforme para que lleguen juntas a los roperos. «Quizá sea el trabajo más duro, es el casado de uniformes», explica la jefa de un servicio muy eficiente, pero también muy alegre. «La clave es que nos gusta mucho este trabajo», cuenta una de las modistas que lleva más años y que recuerda a una compañera que pasó casi 30 en este departamento. Tal vez porque ella disfrutó menos tiempo de ayudas como una planchadora gigante que alisa las sábanas en unos pocos segundos.