Me niego a creer, y de hecho nunca he caído en ese victimismo que tanto explotaron algunos mayores ferrolanos en otras épocas, que hubo o hay una mano negra que quiere a Ferrol bajo tierra. Pero lo cierto es que la situación de la ciudad, determinada sin duda alguna por la historia de sus astilleros, está estrechamente ligada a la gestión política. Es una urbe creada para el Estado, determinada por su función de base militar y de producción naval para su Armada. Unos astilleros que acumulan siglos de historia como fabricantes de buques, unas factorías que fueron capaces de dar el salto tecnológico y desarrollar productos que vender a las Marinas más exigentes, pero que han estado con las manos atadas ante las decisiones de los que han ocupado en cada momento los asientos del Consejo de Ministros y en el Parlamento.
Han sido décadas de sucumbir, en sucesivas reconversiones, a las luchas políticas entre zonas, a la pasividad o inoperancia de políticos de los dos grandes partidos que se han alternado el poder en España. De planes que han servido para marear pero no para sacar a Ferrol del monocultivo industrial, de falta de apoyo a una industria que agoniza y solo ahora, en el último aliento, es foco de atención de nuevo de los políticos.
Mientras, los obreros, los técnicos y los miles de trabajadores de auxiliares han sido los que han fabricado buques que con tanto orgullo exhiben Armadas de otros países. Llega otro ajuste, pero al menos que no nos quiten el orgullo naval.