A mediados de los noventa, el papanatismo empresarial imbuido del yuppismo en boga arrojó direcciones y gerencias de compañías medias y grandes al completo en manos de una banda de chamanes equipados con una sicología pret-a-porter rudimentaria y un punto pueril. Buscaban disfrazar a sus ejecutivos en mandos modernos y eficientes. Para adiestrar a los directivos organizaron cursillos de convivencia en los que charlatanes bien pagados repetían obviedades y naderías para que los mandos asumieran destrezas inútiles y asumieran espíritu de cuerpo, de casta. El engendro todavía tiene predicamento y, mezclado con técnicas primarias de autoayuda, engorda la cuenta corriente de lenguaraces exdeportistas de élite y otoñales gentes de la farándula. Cualquier dirigente que haya pasado por la experiencia la recuerda con humor y pesadumbre. El programa incluía, naturalmente, métodos y trucos para afrontar situaciones conflictivas como sancionar o despedir a compañeros, por ejemplo. O echar el cerrojo a la compañía. El trance, a veces miserable, se vestía de razones objetivas, se despersonalizaba, liberaba al ejecutor de la carga moral y ética, emocional, del momento. Un papel tan desleal que sus protagonistas recibían el nombre de dóberman, con perdón para los canes. Ahora Navantia pone en evidencia este teatrillo con toda su crudeza. La fase actual de la crisis no es algo imprevisto para los gestores de la empresa pública. Forma parte del encargo que recibieron en su día. Y es que hay algo peor que los perros peligrosos: sus amos.