El fin de semana pasado tuve una boda en Vigo. Todos los invitados madrileños escogieron viajar en avión. Yo, sin dudarlo, me decanté por el tren. El estupor de los demás fue unánime: ¿cómo puede alguien preferir viajar seis horas en lugar de una? A mí, sin embargo, lo que me cuesta es comprender lo contrario.
Sinceramente, no sé qué tiene de prodigioso el avión. Es cierto que es el transporte más rápido, pero las incomodidades son muchísimas. Los aeropuertos -oh, espanto convertido en edificios- quedan siempre lejísimos de la ciudad. Uno necesita cogerse un bus o un taxi, con lo que supone en tiempo la primera elección y en dinero la segunda. Tiene, además, que estar presente una hora antes de la hora programada, tragarse las colas, rezar para que el vuelo no se retrase, aguantar con los dientes apretados las turbulencias y tener la suerte -sobre todo si se va a Galicia- de que se pueda aterrizar a la primera. Una vez en tierra, taxi de nuevo, o pariente benévolo que nos recoja.
El tren, sin embargo, va de centro urbano a centro urbano. Siempre sale a tiempo y no depende de la climatología como un cultivo de delicadas flores exóticas. Además se puede pasear e incluso tomar algo en la cafetería. Con lectura y música las seis horas se pasan volando, mientras que volando sesenta minutos pasan lentísimos.
El fin de semana pasado hasta me dio tiempo a corregir exámenes. El tren es el transporte del futuro. Los raíles ganas a las nubes.