La cuestión esencial no es tanto que un grupo de trabajadores de Navantia todavía en activo lleven su indignada desesperación a un pleno de la corporación municipal de Ferrol con tal alboroto que obliguen a suspenderlo. La pregunta debiera ser cómo los ferrolanos asumen el indecente desinterés con el que su ayuntamiento tolera la destrucción de la primera empresa de la ciudad. La pregunta debiera ser cuánto tiempo hay que esperar para que la ciudadanía repudie a unos individuos que se dicen sus representantes pero desprecian a miles de familias abocadas al paro. La pregunta de los vecinos tendría que apuntar para qué les sirve que los que gobiernan la ciudad lo hagan también en la provincia, manden en Galicia y manden en Madrid, un monopolio presentado como la panacea a nuestros males seculares. La pregunta de la población habría de interpelar a un presidente de la Xunta que o está desaparecido o se niega a recibir a los delegados de la plantilla de un astillero al que prometió contratos cuando le convino embaucar al electorado. La pregunta de los vecinos debería cuestionar si es suficiente que la primera autoridad local repita el mantra de que espera y desea que se solucione la crisis naval o si debería movilizar testosterona y coraje ante sus correligionarios. La pregunta es si una ciudad no merece una actitud de dignidad colectiva como la encarnada en su día por Couce Doce o Quintanilla en lugar de esperar a que escampe. Porque no son los gritos de los trabajadores los que nos han traído hasta aquí precisamente.