El afeitado

José Varela FAÍSCAS

FERROL

01 sep 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Desde que fue despedido de una auxiliar de Navantia, el tiempo parece haberse detenido. Ahora puede permitirse un afeitado demorado cada mañana, extendiendo meticulosamente la espuma del espray antes de pasar la cuchilla mientras escucha el transistor. Un día, Radio Nacional de PesPaña transformó sus informativos en un interminable tedeum para difundir la buena nueva de la reducción de los tipos de contratos laborales de más de cuarenta a menos de media docena. Los aleluyas urbi et orbe por el anuncio del fin del paro, en gregoriano pero también en piezas tonales, eran incesantes. El hombre, que antes de caer en las manos del Inem había trasteado durante más de veinte años por innumerables auxiliares del naval -a veces la misma con distinto nombre- notó como un aleteo de mariposa en el estómago. Ese día salió, como todos desde hacía dos años y medio, a ofrecer sus brazos de soldador a los patronos, que, desaparecida la maraña de formularios de contratos laborales, ya podían gozar del prodigio simplificador de Fátima Báñez y, en un plis plas, ofrecerle un empleo. De un optimismo inatacable por el ácido, el soldador persistió en su demanda ante sus antiguos empresarios. Ahora ya es sencillo contratar, les repetía incansable, perseverante. Para darse ánimos, volvió a sintonizar la emisora, que seguía con su salmodia. Y así, con dosis de estímulo radiofónico prosiguió su periplo por todas cuantas empresas había en la comarca ferrolana, hasta que exhausto y desconcertado regresó a su casa. Desde entonces se afeita en silencio.