La playa nos gusta a todos. No hay lugar en el mundo en el que se desconecte mejor de los problemas cotidianos. El ruido del mar, la amplitud del horizonte y el calorcito del sol son una combinación altamente relajante, y estamos, en fin, muy necesitados de semejante medicina. Más aún tras la -lo sé sólo de oídas- espantosa y diluviana primavera que ha precedido al verano. Vale. Pero me inquieta -y a menudo me cabrea- ver la velocidad y el descuido con los que algunos coches cruzan Cobas de camino a Santa Comba y Ponzos.
Entiendo que hay quien considera que un minuto lejos de las pulgas de arena es un minuto desperdiciado e irrecuperable, pero antes de pinchar la sombrilla y extender la toalla hay que cruzar una aldea llena de niños, ancianos y animales, y ya sabemos lo imprevisibles que son todos: las desgracias no suceden hasta que suceden. Existe la creencia de que los límites de velocidad los impuso una comisión de idiotas, o de abueletes asustadizos, y que nosotros sabemos mejor que ellos cuándo correr y cuándo no -qué odiosa frase, «yo controlo»-. Todo español lleva un Fernando Alonso en su interior, y es nuestro deber tenerlo domadito y hacer caso de lo que dicen las señales.
A los que van zumbando pista arriba y pista abajo yo siempre les deseo, de corazón, lo mismo: que les pique un escarapote, pero de los gordos. A ser posible en el pie derecho, para que traten el acelerador con mimo, por lo menos durante un par de días.