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FERROL

No hace falta entrar en la absurda guerra de cifras: una multitud inapelable clamó ayer en Ferrol por su derecho a tener futuro.
No hace falta entrar en la absurda guerra de cifras: una multitud inapelable clamó ayer en Ferrol por su derecho a tener futuro. ÁNGEL MANSO < / span>

La mala reputación que a Ferrol se le ha adjudicado por la conflictividad social habrá que ir aparcándola. Porque, pese a que los motivos para la irritación que se acumulan desde hace más de treinta años no desaparecen, la población ha dado ayer una respuesta firme, contundente y serena a una situación que es de extrema gravedad.

Se podrá apelar al miedo de algunos empresarios y autónomos que ayer cerraron las puertas de sus negocios para no enfrentarse a la presión de los piquetes y, mucho menos, a los daños que pudieran sufrir sus instalaciones. Habrá casos. Y decisiones adoptadas en base a experiencias del pasado. Pero después de un larguísimo historial de movilizaciones, desde que la reconversión salvaje azotó de manera despiadada a la comarca, no parece aventurado decir que la de ayer fue, en todo caso, una huelga menos política y sindical y más ciudadana que en otras ocasiones.

En la población ha calado -porque la crisis general y los recortes ahogan- que la carencia de trabajo en los astilleros no es un problema exclusivo de los trabajadores de Navantia, ni siquiera de las compañías auxiliares. Que Ferrol y en buena parte la comarca se juegan su existencia es una realidad más que palpable. Porque con las gradas vacías no hay diversificación industrial posible; no hay expectativas para los jóvenes, formados, desesperados y listos para marchar; no hay dinero que mantenga comercio y hostelería, el músculo de las ciudades y villas y armazón necesario para evitar la ruina urbanística.

Por todo ello, porque la crisis arrecia aquí sobre los desperfectos de vendavales anteriores, porque un 32 % de paro es una cifra insostenible, la huelga general se solventó con una comarca paralizada y casi sin incidentes. Y por si quedasen dudas de que lo que a veces parece resignación es irritación curtida en años y años de maltrato, la manifestación con la que se coronó la jornada de protesta fue una de las más numerosas que se recuerdan en Ferrol. Jóvenes y mayores, parados y empleados, emprendedores y pensionistas, mujeres y hombres, estudiantes e inmigrantes. No hace falta entrar en la absurda guerra de cifras: miles de ciudadanos claman por el derecho a tener futuro.

No es extraño que a esa hora a pocos les importase lo que se estaba diciendo en el Parlamento de Galicia, en la enésima tarascada entre Gobierno y oposición por ver quién lo ha hecho peor en Ferrol. Las promesas y los compromisos no caducan cuando quien los contrae accede al Gobierno. Como no caduca cuando se abandona el poder la responsabilidad por lo que no se hizo. La llamada de atención de la población de Ferrolterra, escenificada ayer en una huelga general -cuya eficacia para resolver problemas se podrá discutir- y en una multitudinaria y pacífica manifestación, es clara. No es posible que nadie escuche.