Se acaba el año y toca balance. Sería más que obvio decir que la balanza está inclinadísima hacia las desdichas. Pero sin ánimo de realizar un intento oportunista de levantar el ánimo en estas fechas tan llamadas a la sensiblería no conviene perder de vista los dos lados de la moneda. El paro ha pulverizado el récord histórico, con 20.386 personas sin trabajo, muchas de las cuales ni siquiera cuentan con una prestación; el naval se desangra ante nuestras narices sin que desde el ámbito político, en donde tienen la llave para la solución de algunos problemas, se actúe con la misma celeridad con la que se reparte dolor a los ciudadanos con otras medidas; el número de empresas con expedientes de regulaciones de empleo y la cifra de comercios que echan el cierre se han disparado y el grifo de la financiación ahoga a firmas y familias.

Pero pese a que en algunos días parezca que el oxígeno no nos llega a los pulmones y la náusea de la crisis nos encoja el estómago, en este negro panorama también ha habido luz para la esperanza. La arroja el puerto, que no deja de crecer y está arrancando la terminal de contenedores, la división de Reparaciones de Navantia, que sigue en los primeros puestos mundiales y ha logrado el hito de ganar un contrato para una Armada extranjera, pequeños empresarios de la comarca que, pese a todas las dificultades, están demostrando su buen hacer en el extranjero y las decenas de personas anónimas que, con coraje, se lanzan a la aventura de emprender en estos tiempos oscuros.