Una botadura guarda muchas similitudes con el nacimiento de un bebé. El feto se gesta durante nueve meses, hasta que la criatura está suficientemente desarrollada como para poder sobrevivir fuera del útero materno. Entonces, nace. Un barco, igual. Su astillero lo crea, le proporciona los medios para flotar y, cuando el buque está preparado para subsistir en esa vida llamada mar, se desliza por la rampa de lanzamiento.
Ayer nació el Adelaide. Y unos pocos privilegiados pudieron disfrutar del parto a bordo de la embarcación Teide-dos. El barco, que normalmente realiza los cruceros turísticos por la ría ferrolana, varió su ruta habitual para poder contemplar la botadura desde el agua.
A las 17.15, ni un solo minuto más tarde de la hora prevista, el Teide-dos zarpó del muelle de Curuxeiras con aproximadamente 60 pasajeros a bordo. Muchos de ellos niños, algunos declarados amantes de los barcos. Y multitud de cámaras, que no dejaron de disparar fotografías y captar vídeos en ningún momento del recorrido.
Porque, antes de llegar al punto de destino, la navegación permitía admirar, desde un punto de vista para muchos desconocido, las instalaciones de Navantia. Las numerosas grúas se alzaban majestuosas, aunque, eso sí, paradas. Y los otros buques allí amarrados se iban sucediendo. Primero el Cantabria, un navío de aprovisionamiento de combate; después el Canberra, gemelo del Adelaide, y el gasero British Emerald; al fondo, la plataforma Blue Marlin.
Espectadores desde el mar
El Teide-dos arribó por fin frente al Adelaide. Y no estaba solo, ya que una veintena de embarcaciones de recreo, entre ellas una moto de agua, flotaban por la zona dispuestas a presenciar el acto. La vista, para quien no hubiera contemplado algo semejante, era espectacular. El Adelaide se erguía en la rampa, con la proa hacia arriba, y la popa observando el agua a pocos metros. A bordo del buque australiano, numerosos operarios del astillero. En tierra, multitud de espectadores rodeaban el buque, público que se situaba incluso allá a lo lejos, en la orilla de Caranza.
El navío comenzó a deslizarse en dirección al mar, mientras algunas embarcaciones hacían sonar sus bocinas. El silencio a bordo del Teide-dos era palpable. Después de 120 eternos segundos, en los que el Adelaide acarició el agua creando una pequeña ola y se dejó llevar sin gobierno ría adentro, la gente rompió a aplaudir. Los remolcadores, cinco o seis, se unieron por maromas al navío y empezaron a ejercer su labor.
El Teide-dos dio un par de vueltas alrededor del recién botado, mientras ojos y cámaras inmortalizaban el momento. «Impresionante, impacta mucho», comentaba un ferrolano que por primera vez veía una botadura desde el agua. «Y curioso, desde luego», añadía un visitante de Madrid.
Este viaje especial, auspiciado por la publicación Revista Naval -que ya organizaron uno similar cuando se botó el Canberra- tuvo un precio de 7 euros por persona. ¿Que quién es el padre del Adelaide? Lo confirmó un operario, a popa del navío australiano: dirigiéndose a la tripulación del Teide-dos, se dio la vuelta y, cual futbolista, se señaló la parte de atrás de la camiseta. Ponía «Navantia».
EN A bordo del «Teide-dos» en la ría de Ferrol UN Miércoles DE 17 a 19 horas.