Las llamas asolaron una franja de unos cinco kilómetros en dos concellos
01 abr 2012 . Actualizado a las 07:03 h.A las cuatro de la tarde de ayer, una espesa humareda marrón comenzó a teñir el cielo de Pontedeume y Ferrol, que pocas horas después quedaron cubiertos por completo. Procedía del incendio que asoló el corazón de las fragas do Eume, que movilizó a un gran número de efectivos aéreos y terrestres, afectó a dos concellos, los de A Capela y Monfero, y obligó a un centenar de vecinos a dejar sus casas.
En la zona cercana a los focos del fuego se encuentran, en A Capela, dos restaurantes típicos de celebración de bodas en la comarca, Casa Toñita y Casa Peizás. Frente a los invitados a un convite, debidamente ataviados para la ocasión, se encontraban algunos de los vecinos desalojados por el incendio, aún medio perplejos por la situación. Y en ocasiones enfadados porque, pese a solicitarlo reiteradamente, los efectivos de seguridad les impedían el acceso a sus viviendas, mientras veían como un ejército de unidades móviles de canales de televisión y decenas de coches oficiales circulaban por el entorno.
La expectación fue máxima, acorde con las dimensiones del incendio que, según el alcalde de As Pontes, Valentín González Formoso, que no abandonó la zona en toda la tarde, pudo afectar antes de que cayese la noche a una franja de parque de cinco kilómetros en línea recta.
La voracidad de las llamas, alentadas por un intenso viento, alimentó sin descanso la humareda que llegó a varios puntos de la provincia y que enterró a Pontedeume bajo un denso manto marrón.
Aunque las casas desalojadas fueron en torno a una quincena de las parroquias de Teixido, Ribeira y Vilariño, muchos otros paisanos se agolparon por grupos en torno a otros núcleos de viviendas, siguiendo el desarrollo de los trabajos de los hidroaviones -que dejaron de operar conforme cayó la noche- y los medios terrestres. «Aquí hai agora máis periodistas que veciños», comentó un lugareño.
Mientras unos tenían pocas ganas de fiesta, a pocos metros, los invitados al banquete corrían detrás de un pequeño cerdito con una corbata al cuello anudada, ajenos al trajín del mayor incendio de las Fragas, que aún continuaba.
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