Todos hemos opinado sobre el proyecto de dique flotante y es la hora de tomar decisiones: las elecciones han pasado y conviene mirar al futuro porque, como sostenía aquel ministro francés, Pasqua, lo que se dice en los mítines compromete a quien los escucha, miren si es una fiesta la cosa para el gabacho. Por eso, ahora que Navantia ha conseguido ser líder en la reparación de buques gaseros puede llegar la hora de que pierda esta primacía. Ya en estos momentos, el 8% de estos enormes buques no caben en los diques actuales de la ría y dentro de cinco o seis años pueden ser el 20%. El consumo de gas crece a un ritmo asombroso y los astilleros asiáticos están ojo avizor para cuando Ferrol deje de ser competitivo para los armadores. Desgraciadamente, o por fortuna -en estos momentos nadie lo sabe ya- uno de los dos pies de la economía de la comarca son los astilleros. Los sucesivos planes de reindustrialización no han conseguido los objetivos deseados y, por ello, este pilar del sector naval no tiene por ahora sustituto. De nuevo la pregunta es quién paga el dique flotante, 130 millones de euros, que servirían para mantener la competitividad logística de la ría en el negocio de los gaseros, cerca de la ruta de Europa que pasa a escasas millas de la ría y por la que discurre gas y petróleo de todo el norte del continente. El panorama es negro porque en junio se producirá una enorme caída en la carga de trabajo. Quienes prometieron no sé cuantas cosas tendrán que demostrarlo ahora, si no quieren que les llamemos Charles Pasqua.