abía que la mejor época para alquilar un piso para vacaciones era el invierno, con el mercado frío y sin tensiones. Entonces dispondría de margen para negociar, sondear opciones, visitar los locales, contrastar la información, etcétera. Claro que con la crisis, tal vez este año hubiese sido más recomendable esperar al último momento: los propietarios temerían aproximarse el verano con la demanda fláccida y los pisos sin pretendiente y acabarían aflojando sus pretensiones. Pero esperar suponía un riesgo también para él: quedarse sin veraneo. Resuelto el dilema, el hombre consultó con varias agencias inmobiliarias y, literalmente abatido por la renta a pagar, centró sus esfuerzos en las características del piso. Se tomó su tiempo, sentado en la terraza de su casa, con vistas a la ría de Ferrol, y a un paso de supermercados, cafeterías, tiendas de confección y hasta de un parque al que bajar al chucho. Las ofertas que se adaptaban a su presupuesto no llegaban a la mitad de la superficie a la que estaba habituado, carecían de vistas más allá de la fachada de enfrente, su coche debería dormir en una calle bastante ajetreada y sospechaba que él mismo tendría dificultades para descansar por la noche, con la movida veraniega. Pero todo sea por la causa, se dijo. Le había costado un riñón -tres veces la mensualidad de su vivienda-, pero al fin respiró tranquilo. Agosto podría pasarlo en un piso a 16 kilómetros de su casa, más caro y no tan cómodo como esta, pero un mes pronto pasa y él estaría de veraneo. Y poder contarlo, impagable.
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