La reiteración del sueño era demasiado frecuente y su verosimilitud, persistente para despacharlo sin más como fruto de una noche rijosa y alborotada. La pesadilla recobraba su arquitectura al más leve descuido, aun en la tersura de la vigilia. Siempre igual que la primera vez. La imagen de los pies descalzos sobre la báscula del baño, a ambos lados de un disco con escala numerada que decididamente había enloquecido y cuyo despiadado giro no dejaba de progresar hacia la centena, se repetía una y otra vez. El hombre había visto fracasar sucesivamente cuantas estrategias elusivas había armado para aventar la visión del artilugio que emponzoñaba con repugnantes dígitos la magnífica teoría de la gravitación universal newtoniana. La báscula seguía ahí, que diría Tito Monterroso, para desesperación de nuestro hombre, de crecientes redondeces.
Indefenso frente a la nitidez de la pesa onírica o no que reaparecía adherida a la planta de sus pies, el atribulado caballero entró en una espiral de alucinado desaliento, convencido, para entonces, de que la nostalgia ya no es lo que era, y resuelto a emprender una cruzada contra la obesidad. Pero no contra una gordura cualquiera, unos kilos de más, unos inocentes michelines o una barriguita cervecera. No. Contra la mayor de las adiposidades imaginables, nada menos que contra el rollizo Estado. Para qué andarnos con rodeos.
Pronto sus amigos, acosados por fantasías nocturnas similares, se sumaron con entusiasmo a la expedición liberadora. Registradores de la propiedad, jueces en excedencia, abogados del Estado, altos funcionarios, notarios, inspectores de Hacienda, empresarios, ingenieros prejubilados de monopolios, consejeros de bancos salvados de su incompetencia con dinero del erario, directivos de contratas de la Administración, hacendados titulares de concesiones públicas constituyeron una amigable muchachada que, arremangada, puso manos a la obra de adelgazar el Estado. Y en ello están. (Pero esa es otra pesadilla).