Políticos en cartel

Miguel Salas

FERROL

Estimada Luz: Ya decía la semana pasada que estamos en plena campaña electoral. A medida que la fecha se avecina, las furgonetas de los candidatos amplían su horario de actividad, suben el volumen a sus megáfonos prehistóricos y dan más vueltas alrededor de mi casa, como abejas zumbonas en torno al panal. Uno no puede ya echar la siesta sin que una de esas armas de destrucción nerviosa le taladre el tímpano. Doy gracias a dios por no tener un tirachinas a mano.

Pero la campaña electoral taiwanesa reserva otras sorpresas al observador. De entre todas ellas, la más divertida son los carteles. En estas elecciones, en las que se vota al alcalde y a los representantes de barrio, los candidatos son muchísimos, y no necesariamente unidos a la disciplina de un partido. Como en Estados Unidos, cualquiera que pueda pagarse la campaña es susceptible de ser elegido y de planificar su estrategia. Hemos de olvidarnos, por tanto, de las meditadísimas decisiones de los asesores de nuestros políticos. De su gesto adusto, pero benevolente, a la hora de posar en el cartel. En Taiwán reina la absoluta libertad de expresión. Viva la fantasía.

Los gestos de los candidatos son infinitos: uno hace el símbolo de la victoria; otro habla por teléfono con cara de estar resolviendo del tirón una crisis nuclear; otro, más maduro, hace taichí en su cartel, mientras su rival directo pasea en bicicleta y saluda a la cámara; una abuela de unos noventa años, seria candidata a dirigir los destinos de mi barrio, quema incienso ante un dios barbudo, haciendo gala de su enchufe con el más allá, del que ya está muy cerca; otros dos, que deben de presentarse en plan bipartito, posan con guantes de boxeo y la guardia alta. En mi cartel favorito (letras borrosas, foto en blanco y negro), una triste niña solicita el voto para su padre, que ya se ha presentado dos veces sin éxito.

Piénsalo por un momento: ¿qué no podría hacerse con esta creatividad y nuestros políticos? Me estremezco de placer solo con pensarlo.