Genéricos y ancianos

Francisco Varela

FERROL

En la farmacia me precede un cliente anciano que carga una bolsa con medicamentos de todo tipo. Es tal la cantidad que precisa de una saca complementaria. Poco antes en la consulta de mi médico de la Seguridad Social veo, como suele ser frecuente, a un caballero muy bien trajeado con maletín de ejecutivo que entra en el despacho. Alguien comenta que se trata de un representante de marcas farmacéuticas en tareas de promoción de su/sus productos. No sé por qué sospecho que existe algún tipo de relación entre el caballero -ahora también son damas, igualmente más que correctamente acicaladas, en tareas de visitación en los ambulatorios del Sergas- y el anciano de la farmacia sudando con la carga. Trato de hallar conexión entre estos episodios y otro del que fui testigo en el hospital público, en ocasión del ingreso de un abuelo: lo primero que hizo el especialista que lo atendió fue solicitar la relación de productos farmacéuticos que estaba tomando el enfermo y aconsejar suprimir la mitad de ellos. Leo luego en este mismo periódico, al día siguiente, el empeño de la conselleira en acicalar el presupuesto sanitario por la vía de recetar más genéricos, que son lo mismo que los medicamentos de marca, pero el doble de caros. Sigo más tarde el debate parlamentario. Pero, no sé por qué, veo concomitancia de esta guerra con un tercer elemento: lo lejos que se van los médicos a hacer los congresos (Cuba, Chequia, Méjico...) para discutir sobre los nuevos avances en materia de tórax o quemaduras de sol en la playa. Congreso, en ocasiones, sufragado por la industria. ¿No es todo un conjunto de lo mismo? ¿Es tan difícil convencer al anciano de la bondad del genérico? Carece de toda duda que puede hacerse con la voluntad de las autoridades, a pesar de los intereses corporativos o de la industria farmacéutica. Hasta creo que muchos farmacéuticos lo agradecerían porque pondría un poco de orden. Al menos el anciano iría con menos carga para casa.