Querida Pili: Llegaron los obreros y se armó la tremolina. Todavía tiemblo. Y no es que no supiera cómo se las gastan los currantes asiáticos -en China, una vez, me fui de vacaciones dos semanas y, cuando quise volver, la planta donde vivía no era más que un agujero, y mi casa una pila desamparada de cajas en un rinconcito oscuro-. Pero nunca los había visto trabajar tan de cerca.
Los hados se confabularon para que ayer, minutos después de que hubieran llegado mis nuevos muebles, desmontaditos, pulcros, se dejaran caer por allí, con tres días de retraso, los tíos que habían quedado en apañarme las humedades de la casa y en cambiarme los aires acondicionados -los viejos eran turbinas de submarino: cuando estaban en funcionamiento había que hablar por señas-. Por si fuera poco, los encargados de llevarse los muebles viejos -una cómoda cochambrosa y dos armarios al borde del colapso- quisieron hacer amigos y se pasaron a la misma hora.
Total, que se me juntaron en casa siete paisanos, todos en camiseta de tirantes y en chanclas, con la boca roja y salivosa de mascar betel, ansiosos por terminar y largarse. Gracias a ellos tengo una idea bastante aproximada de lo que fueron los aquelarres medievales. Fue empezar a trabajar y desencadenarse un tifón casero, remolino de martillos, taladros, llaves inglesas y de judo, aspersión de sudores. La tensión de opuestos, acabó -sucede a menudo- en armonía, cuando uno de los obreros se apoyó, tres cuartas partes del cuerpo colgando por la ventana como una sábana al sol, en el armazón de una cómoda a medio montar para atornillar el aire acondicionado. Ballet al borde del abismo, ñapa en escorzo.
Al final, decidí refugiarme en La noche de los tiempos, la última novela -novelón, por gordo y por bueno- de Muñoz Molina. Cuando alcé la vista, no había ni obreros ni rastro de su trabajo. Caóticos, sí, pero qué limpitos. Es lo que tiene la buena literatura: nos salva de las pequeñas hecatombes cotidianas. Ahora, a disfrutar de la renovada casa.