Querido Alejandro: Te escribo desde el tren. Acabamos de dejar atrás Galicia, aunque poco se nota por ahora en el paisaje, que es todavía verde y montañoso. El cielo está despejado, y el sol le arranca a las peñas de granito destellos metálicos. No sabría decirte si hace calor o no, porque el aire acondicionado del vagón nos ha precipitado en el otoño; hay quien se ha puesto un jersey fino para aguantar este fresco enlatado que, al contrario que la brisa natural, enseguida molesta.
A pesar del aire, de la gente que habla a voces por el teléfono móvil, como si fuera ese artefacto infantil hecho con dos yogures y un hilo, a pesar de las más de ocho horas de trayecto hasta Madrid, me encanta viajar en tren. Es mejor que el avión, porque el viajero es capaz de comprender aún la velocidad a la que se desplaza, y porque, claro está, no hay facturación, ni turbulencias, ni necesidad de máscaras de oxígeno o de incómodos toboganes hinchables amarillos.
También es mejor que el coche: no hay que conducir, ni otros trenes que te adelanten a velocidades indebidas, o que te hagan luces si vas demasiado despacio. Además, en el tren tiene uno la sensación de viajar inmerso en el paisaje. Es difícil encontrar animales cerca de las carreteras grandes. Sin embargo, pastan al lado de las vías con parsimonia filosófica, y están tan acostumbrados al estruendo que ni se inmutan. Tengo la sensación de que el tren se adapta mejor a la orografía, que sube, baja, entra y sale de los túneles y sigue el cauce de los ríos con una gracia especial que no tienen los automóviles.
Es más: el tren, con sus paradas, sus cambios de vía, sus retrasos y sus apeaderos en medio de la nada más absoluta, alarga una despedida que no por asumida es menos difícil. El viernes cambiaré de continente, esta vez a velocidades estratosféricas, para plantarme de nuevo en Taiwán. Desde allí os escribiré puntual, cada miércoles, para contaros más cosas de ese país que (para qué ocultarlo) ya comparte con Galicia mi corazón.