Querida Cris: Como le contaba a Pepe la semana pasada, Taiwán está presente en casi todas las conversaciones que mantengo con mis amigos. Cuando estoy allí, durante el curso, recibo tanta información nueva que no me da tiempo a procesarla toda. Es aquí, en España, donde las comparaciones toman forma, y a cada rato me sorprendo a mí mismo comunicando a los colegas los resultados de mis elucubraciones: que si en Taiwán esto, que si en Taiwán lo otro? Me temo que, a veces, resulto un poco pesado. Cuando alguien me pregunta cómo son las cosas allá, siempre repito lo segura que resulta la vida. La comparación con España es imposible. Acostumbrados, como estamos, a las broncas (grandes o pequeñas) a remirar el coche por si nos dejamos algo de valor, a tener radios con frontal extraíble, a comprobar la cremallera del bolso y la puerta de casa, a revisar las vueltas de la compra y a contemplar, estupefactos, cómo los aparcamientos azules se multiplican como células cancerosas, nos resulta difícil imaginar un país en el que, sencillamente, nadie robe. O casi nadie.
El anterior presidente taiwanés acabó en chirona por enviar a cuentas extranjeras no sé cuantos millones. Y no será el único. Pero, en general, es algo que no sucede, al menos a pie de calle. ¿Cuántas veces me habré dejado las llaves puestas en la moto? Más de diez, seguro. Y todas ellas las he encontrado en su sitio, relucientes, con su llaverito. Excepto en una ocasión: algún buen samaritano las guardó en la guantera, envueltas en un papel en el que había escrito: «¡despistado!» -en chino, se entiende-. Una mañana, al salir de casa, me encontré un ordenador, en su maletín, reposando pacíficamente sobre el asiento de mi moto. Recuerdo que me pregunté quién sería el alma cándida que se lo había olvidado, hasta que caí en la cuenta de que era el mío. Llevaba allí, intacto, toda la santa noche. Si en España sucediera algo así lo contaría Íker Giménez en su programa de misterios. Y no se lo creería ni él.