Nos movemos por estímulos. Lo de menos es que sean espontáneos o inventados. Los más poderosos de estos últimos son los que llevan premio. Desde la infancia -qué otra cosa es la educación en la práctica- el mundo gira en torno al binomio recompensa-castigo. Gratificaciones y condenas adquieren una gradación infinita en las relaciones humanas, sin incluir las de naturaleza íntima: desde la mirada agradecida de un anciano al que se le entrega el bastón que se le ha caído hasta el Premio Nobel, desde el ceño fruncido de una madre por un mohín caprichoso del niño hasta una condena inapelable de un tribunal, etcétera. En el inconmensurable universo de gratificaciones, ¿dónde se sitúan las banderas azules? ¿Es razonable sacar pecho y botar foguetes si la conceden y rasgarse las vestiduras y beber aceite de ricino si la retiran? Sentidiño. Il mondo é mobile.
La Guía Michelin se ha convertido en un mito en el mundo de la restauración. Sus estrellas son como divisas en un ejército: jerarquizan los establecimientos. Pero llega Pascal Remy (El inspector se sienta a la mesa. Planeta, 2004) y nos descubre las vergüenzas de la organización. No merma el rigor de la guía, pero la humaniza, desciende del Olimpo. Mejor así, a ras de suelo, obra humana, al fin. Como las banderas azules: en Sanxenxo, espejo prístino donde los haya, modelo y patrón de urbanismo sostenible, ondean un montón de ellas.
La playa de Esmelle la ha perdido. Probablemente de manera justa: es indecente que un ayuntamiento permita -digo permitir: no basta con colocar carteles- que los desaprensivos destrocen con sus coches un sistema dunar. Pero el lamento habrá de ser por los daños ocasionados en el medio natural, nunca por la piruleta de la bandera o estaremos confundiendo el dedo con las estrellas. Por encima de un estímulo artificial debe de brillar el impulso ético: la tela al viento es importante, pero más lo es el suelo sobre el que se hinca el asta que la sostiene.