Querido Fede: Comprar una moto es la mejor decisión que he tomado en Taiwán. Cambia completamente la perspectiva de la ciudad, y te acerca un poco más a los nativos: al fin y al cabo, aprendes a moverte como ellos, y esto acerca perspectivas. Antes me desplazaba o andando, o en taxi. La primera opción me condenaba a un mosqueo perpetuo -aquí hay pocas aceras, y las que hay están invadidas por los chiringuitos, convirtiendo el paseo en slalom- y la segunda me aislaba en una cápsula rodante. En una moto hueles, oyes, puedes incluso tocar. Además, mi nuevo vehículo me está regalando una buena cantidad de anécdotas. Te cuento la última.
Mi moto es bastante más grande que las que utilizan aquí. La quería estable, que me permitiera conducir hasta la universidad, así que me compré un buque de dos ruedas. Feo, pero fiable. A los nativos les chifla. Siempre están tocándola y recordándome lo inmensa que es. De entre ellos, hay uno que incluso la mira con lujuria. Es un vendedor de zumo de caña que tiene un puestecito en mi calle. Al pasar yo, siempre se incorpora -con dificultad, porque tiene una pata tiesa-, me sonríe y agita su mano. Y no es que me quiera a mí: antes, cuando tenía la moto pequeña, no me hacía ni caso.
El otro día se puso a llover y paré para sacar el impermeable junto a su puesto, y él aprovechó para pedirme que le diera un paseo. Nada que objetar, pero tenía prisa, así que se lo prometí para la próxima y seguí mi camino. Dos días después me recordó mi palabra dando palmadas al verme, así que lo subí a la moto y di una vuelta a la manzana. Con la muleta en ristre, y el ruido de los vecinos, que nos jaleaban, aquello parecía un torneo medieval. El paisano gritaba ¡jia you, jia you! (significa «dale gasolina»). Cuando quise bajarle en su puesto pataleó para que le diera una vuelta más, lo que hice. Después me abrazó, me regaló una botella de zumo, y se sentó de nuevo, sonriendo. Solo por un recuerdo así merece la pena haber comprado la moto.