De pronto se sienten perdidos, desconcertados por lo que les rodea. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Quién eres? Los recuerdos se desvanecen. Y se enfadan, se desesperan, y luego se vienen abajo. Hasta que su mirada vuelve a estar perdida, te atraviesa sin reconocerte, y se desconectan otra vez de la realidad. Así pasan años. Años duros para ellos y para las familias que ven delante a un padre que muchas veces les observa como a un desconocido y que ya no sabe hablar, ni afeitarse, ni abrocharse la camisa. Así es el alzhéimer, fundamentalmente triste, muy triste, pero también muy desesperante. Cuando invade un hogar, ¿qué hacer? Se acude a un neurólogo, que va recentado tratamientos experimentales que tratan de ralentizar el avance de la enfermedad. Lo consiguen hasta un punto. ¿Y luego? Luego, nada. Pero mientras tanto ¿qué pueden hacer las familias que trabajan y no pueden permitirse el lujo de cuidar del enfermo de alzhéimer las 24 horas del día? Poco o nada, a no ser que puedan permitirse el lujo económico de contratar a varios cuidadores a domicilio. Salvo Afal, ningún centro de día de los que existen en las residencias públicas o privadas de la comarca presta una atención especializada e individual a enfermos de alzhéimer. Lo necesitan, y mucho, porque estas personas no son unos ancianos más que puedan echar una partida a las cartas o quedarse sentados tranquilamente viendo la tele. No, ellos están perdidos en el mundo y necesitan un trato especial, a alguien siempre con ellos, un guía que les recuerde qué hay que hacer en cada momento. Por eso es tan importante que la Xunta vaya a abrir el mes que viene un centro de día público para ellos en la Casa do Mar. Al fin, dirán miles de familias. Solo contará con cuarenta plazas. Está claro que son pocas, pero se abre una nueva oportunidad, se da un paso que, en definitiva, significa que las administraciones públicas son por fin conscientes de que el alzhéimer avanza por esta sociedad cada vez más envejecida.