Llega el verano, y con él, ciertos placeres que llevamos esperando todo el invierno: el sol, el calor, la playa. Al menos, los occidentales; aquí es cosa bien diferente. En el lejano oriente, como en la España de hace un siglo, la blancura de la piel es parte indispensable de la definición de belleza. Es cierto que, como siempre, las esclavizadoras reglas de la estética no alcanzan a todos del mismo modo: aquí, a los chicos eso de ser moreno les trae sin cuidado, y lo mismo a la gente del campo. Son sobre todo las mujeres urbanitas quienes padecen fobia a las carnes tostadas.
Las chicas de mi universidad llevan todo el invierno y la primavera desafiando, embutidas en sus micropantalones, las rachas de viento frío que a menudo azotan Taichung. No hay dolor si el objetivo es ser hermosa, aunque los muslos se le queden a una como jamón de Guijuelo. Y justo ahora que podrían, mientras enseñan las piernas, disfrutar del cosquilleo del sol sobre sus juveniles epidermis, comienzan a taparse como vampiresas transilvanas.
Como aquí la gente no pasea, el terror al sol se manifiesta sobre todo en la parafernalia motorística. Es espeluznante lo que tienen que hacer las taiwanesas antes de subirse a la moto, que es su medio de transporte habitual, en verano. Gafas de sol, mascarilla quirúrgica, casco y chaqueta puesta del revés para proteger el escote. Las mujeres mayores, que temen más al sol que unas jovencitas algo influidas ya por los bronceados hollywoodienses, completan el disfraz con visera de plástico tintado, babero y guantes de algodón blanco. Si se le añade al conjunto las abrasivas permanentes que se practican, uno tiene la sensación de vivir en una ciudad de malas imitadoras de Michael Jackson. El pobre, aquí, se hubiera sentido del montón.
Pero no nos engañemos: nosotros somos igual de raros. Que se lo digan a la gente naranja que, en España, pasea con orgullo sus melanomas por las terracitas. A mí, tanto unos como otros, me dan escalofríos. En verano.