La salida a exposición pública del estudio del tren a Caneliñas ha desencadenado un esperable y legítimo debate sobre su trazado. Porque el informe inicial es, precisamente, eso, inicial. Pero la cosa se ha desmadrado -qué raro- y algunas exacerbadas críticas al proyecto -qué raro que las haya- dejan traslucir unos intereses que se creían ya perdidos.
Por partes. Lo primero es insistir en que para cambiar las cosas que se consideran negativas hay que hacer alegaciones. Y este es el momento para ello. Pero lo segundo es no olvidar que, hasta ahora, no había más que voces, e incluso alguna manifestación, poniendo a caer de una burra a Fomento por castigar a Ferrol con el retraso de una infraestructura que se considera imprescindible para el desarrollo portuario y, por ende, económico de la zona. Y eso también hay que recordarlo. Porque no vaya a ser que entre tanto jaleo haya ceremonias de la confusión. O sea, que haya algunos que un día digan una cosa y otro día otra para capitalizar polémicas y captar algún votiño. Que ya estamos en época de hacer cuentas.
Porque del rebumbio ha salido el enfrentamiento tren-almeja. De repente, a muchísimas personas les interesa preservar la riqueza marisquera de A Malata. En la cofradía me entenderán, porque no va por ellos. Y porque saben perfectamente que el deterioro de esa zona no viene de ahora. Y que la crisis del sector del que viven tampoco es nueva. Y no había preocupado en exceso a casi nadie. Salvo a ellos. Hasta hoy. Que les han salido muchos amigos. Ojalá les duren. De verdad.
Y la guinda la ponen, para el que suscribe, los que opinan que no hace falta ni tren. Que -literal- el transporte de mercancías entre Caneliñas y el muelle interior se puede hacer en «barcazas». Porque una buena barcaza sería, sin duda, un gran gancho para competir en el mercado marítimo internacional de los contenedores. ¿Debates? Sí. Faltaría. Pero serios. Y sin demagogias. Si fuese posible, claro.