Para esta familia, el baile se ha convertido en algo más que una simple afición; además de asistir a clases, los tres ya saben lo que es subirse al podio
03 may 2010 . Actualizado a las 13:08 h.Para la familia Ferreira Fernández, los sábados por la tarde son sagrados. Ni fútbol, ni cine, ni paseos por el campo. Ese día tienen una cita con la rumba, la samba y el chachachá y, salvo el pequeño de la casa -Álvaro, de solo dos años-, toda la familia acude al completo al Pazo de Cultura de Narón para recibir una buena dosis de ensayos y calmar así la fiebre que sienten por los bailes de salón.
La primera en contagiarse de los ritmos bailongos fue Montse. Cuenta que comenzó con las danzas gallegas, siguió con la salsa y el merengue, y cuando quiso darse cuenta, estaba convenciendo a su marido para apuntarse juntos a clase. «Yo soy muy festeiro, y además, siempre me ha tirado mucho el baile, así que no tuvo que insistirme demasiado para que le dijera que sí», apunta entre risas Juan Carlos.
Tras recibir sus primeras lecciones en una escuela de Ferrol, la pareja se inscribió en la escuela Tedaga de Narón, donde unos pocos meses después, y con apenas nueve añitos, también se inscribió su hijo Iago. «El primer día que le llevamos recuerdo que estaba todo lleno de niñas y pensamos que no aguantaría allí ni un minuto, pero no fue así», recuerda la madre. Al revés, con el tiempo Iago no solo demostró que aquello le gustaba, sino también que parecía estar hecho para el baile.
«En el primer festival ya vimos que salía muy saleroso, algo más tarde se metió en precompetición y poco después empezó a competir», apunta Montse. Junto a su pareja, María Amorós -otra niña con magia en los pies-, Iago se ha convertido en una joven promesa del baile deportivo. Hace apenas unos días quedó campeón gallego en bailes latinos en la categoría juvenil y el próximo fin de semana viajará a Barcelona para participar en el campeonato nacional de esa disciplina. «Sé que lo tengo difícil, pero yo voy a ir a por todas y a intentar hacerlo lo mejor posible», comenta ilusionado.
Aunque Montse y Juan Carlos no se encuentran al mismo nivel que Iago, también han hecho sus pinitos en el mundo de la competición y en más de una ocasión han conseguido subirse al podio. «Lo hacemos porque nos gusta y porque con el grupo que bailamos lo pasamos muy bien, pero no aspiramos a más», apunta Montse muy humilde.
El caso de Iago es diferente. Con mucho desparpajo explica que entrena cinco días a la semana, y en ocasiones especiales, como ahora que se tiene que preparar para el nacional de Barcelona, también los domingos. Pero dice que no le importa, porque lo disfruta al máximo. De hecho, ya tiene más que claro su futuro: «De mayor -dice muy serio- quiero ser profesor y juez de baile».
Puestos a elegir, Iago apunta que lo que más le gusta es el chachachá y el jive, un baile muy rápido, alegre y «parecido al rock and roll», mientras que Juan Carlos y Montse explican que su especialidad es la samba, aunque también les encanta el tango, esa danza embaucadora a la que puso voz Carlos Gardel.
Llega la hora de la despedida, pero ni Iago, ni Montse ni Juan Carlos quieren decir adiós sin dar las gracias antes a sus maestros de Tedaga, Román Romero y Sandra García. «Además de ser buenos profesores, se preocupan mucho por los alumnos», dice Juan Carlos. Y, a su lado, Iago, no se olvida de los buenos consejos que le dan para crecerse ante el público. «Como dicen ellos, en la pista no podemos ser pececitos... ¡Ahí hay que ser tiburones!».