Para Lucía

FERROL

E

sta vez, Lucía, te propongo un juego distinto. Un cuento un pelín diferente a los de antes de acostarte. Pero un cuento, al fin, de los que tanto te gustan.

Érase una vez una ciudad. Y érase un 1 de abril del 2030. Vives en ella y estás ya muy cerca de cumplir los veintitrés. Con todo por delante. Y el humo de la realidad, como dicen unos eléctricos poetas vascos, apenas llega a tu ventana.

Érase que se era una ciudad viva. Con un barrio marinero que te encanta. Porque siempre te envolvieron las olas. Tiene esa fragancia salada. Y preciosas casas que rodean serpenteantes calles y rincones en los que te gusta pararte un rato. Porque los barcos siempre están muy cerca. Y te cuesta creer que hace apenas dos décadas estaba casi en ruinas. Te vuelve loca pasear por A Magdalena. Siempre dices que vas a coger una tortícolis de mirar arriba para ver los elegantes edificios y galerías. Paseas y paseas porque no hay ni rastro de coches. Y te cuesta creer que hace apenas dos décadas se aparcaba hasta encima de las aceras. Y te da la risa si te digo que antes una tapia cegaba el Arsenal y el astillero. Y las grúas. También cuando te cuento que había que protestar en la calle para que parte de esa fábrica dejase de ser un pastizal.

Vienes y vas en tren a Madrid en poquito tiempo. Ni se te ocurre ponerte al volante. ¿Para qué? Y me llamas mentiroso si te recuerdo que hace veinte años se tardaba doce horas en llegar a la capital. Y entre tus amigos no hay parados. Os suena casi a chino eso de no tener trabajo.

Hoy es 1 de abril del 2010. Y, como te dije, esto solo es un cuento. De los que tanto te gustan. Pero mira, enanita, cómo termina el juego. Si te lo lees dentro de veinte años y la cosa no se parece a lo que te he escrito tendrás razón al pensar que los que íbamos delante fallamos. No supimos, o lo que es peor, no quisimos hacerlo. Si el cuento no acaba bien tendrás toda la razón en reprochárnoslo. Y callaré. Y seguramente no sabré ni explicarte el motivo. Colorín, colorado.