El lago y la cascada

Francisco Varela

FERROL

Después de recorrer horrorizado las orillas de la laguna de Valdoviño pensé que la batalla por la conservación de estos humedales es inútil. El observatorio de aves ha sido quemado, literalmente, varias veces. Los plásticos y basura aparecen por todos los rincones. La carretera que la ciñe por uno de los lados, herencia de un alcalde valdoviñés que se llamaba Rommel -debía tirarle la cosa del desierto-, continúa con tránsito rodado. Tampoco se desmanteló este vial, construido irregularmente. No acabo de entender el concepto turístico que se tiene en este municipio, ¿quizás no va más allá del ladrillo zafio y cutre? Aunque nos olvidemos de aspectos medioambientales puros, un enclave de esta naturaleza es un atractivo en sí mismo. Existe ya el turismo ornitológico, además del gastronómico y hotelero, y todo suele ir en su conjunto. Una visita guiada al humedal podría ser una alternativa para un domingo de playa... en fin. Solo hay que colocarse en la posición de turista. Cuando llegas a cualquier ciudad, lugar o paraje valoras sus aspectos más cuidados y criticas los negativos. Pues parece que aquí no hemos aprendido todavía. Para curarme el mal trago de A Frouxeira, dejando constancia de la responsabilidad también de las autoridades autonómicas, hice otra excursión a la cascada de A Fervenza, donde el río Belelle, que en otros tiempos quitaba la sed a los ferrolanos, cae desde una considerable altura. El itinerario construido en la orilla de Fene hasta el canal de la central eléctrica ha sido todo un acierto. El abundante caudal, tras las intensas lluvias caídas en los últimos meses, consigue que este año el espectáculo tenga una belleza deslumbrante. Incluso todo está limpio, milagrosamente, salvo los restos de un botellón juvenil, al lado del mirador que se encuentra en la mitad del recorrido. El tesón que se ha aplicado en el cuidado de este entorno parece que obliga al visitante a perseverar en su mantenimiento limpio. Es ejemplo de buen hacer.