Un Torrente que no cesa

La obra del escritor gallego sigue vigente en el centenario de su nacimiento por la misma originalidad, lucidez y calidad literaria que lo llevaron a la cima de la novelística española contemporánea


Cuando conocí personalmente a Torrente Ballester, a finales de los años setenta, temí, por un momento, que el hombre no estuviese a la enorme altura en que yo lo tenía como novelista. Había leído ya la trilogía Los gozos y las sombras, que me parecía propia del mejor Balzac, la excelente Off-side, obra de un agudísimo observador de caracteres humanos, y, por supuesto, la novela que le abrió las puertas del reconocimiento general del mundo de las letras: La saga/fuga de J.B. Y justo había terminado en ese momento de leer la que me parece su mejor obra, Fragmentos de Apocalipsis. Conocía, además, al Torrente teórico de la literatura por dos libros muy difundidos: Panorama de la literatura contemporánea, que había sido el libro de texto en mi COU, y Teatro español contemporáneo, muy frecuentado en los últimos años de la carrera. Así, pues, cuando conocí a don Gonzalo, al hombre, hacía años que ya me trataba con el escritor. Y, repito, el concepto en que yo lo tenía era muy alto. Y de ahí el recelo de que la persona no alcanzase la altura del escritor. Suele ocurrir.

EL CONTERTULIO PERFECTO

Esas dudas se me disiparon pronto. A pesar del aspecto un tanto distante, aumentado, sin duda, por unas gafas oscuras que no permitían ver sus ojos, y a pesar de cierta frialdad emotiva que, luego lo confirmé, formaba parte de su personalidad, me encontré con una persona muy correcta, con una enorme cultura que llevaba con absoluta naturalidad, y que hablaba de cualquier cosa con soltura y elegancia. El contertulio perfecto, el maestro adecuado, la persona que te aporta siempre algo, con la que nunca pierdes el tiempo. Esa primera sensación, matizada por el trato más frecuente y por el mejor conocimiento de su obra literaria, la mantuve ya siempre. Es cierto que el Torrente Ballester que yo conocí y luego traté es un señor hecho y derecho, con sesenta y muchos años, que se fue haciendo mayor con una gran sabiduría y hasta con deportividad. Cada año se le iba agudizando ese escepticismo intelectual que procedía de la parte más racional de su personalidad, que él consideraba como rasgo genético de su origen ferrolano, la ciudad del siglo XVIII, diseñada por ingenieros militares y arquitectos ilustrados en forma de cuadrícula, y en la que las matemáticas eran la materia más apreciada. Esa faceta de su carácter se hacía muy visible, por ejemplo, en la falta de entusiasmo por casi todo, incluida su propia obra literaria, de la que siempre hablaba con un desapego elegante, lo que no era óbice para que se sintiese orgulloso de algunos de sus libros, especialmente de Don Juan, La saga/fuga de J.B. y Fragmentos de Apocalipsis. Cada año, también, se le sentía más próximo, más cercano; sobre todo desde que, tras una intervención quirúrgica, sustituyó aquellas gafas oscuras, de culo de vaso, por unas de cristales transparentes. Toda la bondad de su mirada se dejó ver ya sin cortapisas, así como la inocencia que la edad le iba restituyendo.

SUS COMIENZOS LITERARIOS

Torrente Ballester empieza su trayectoria literaria escribiendo obras de teatro. Un total de ocho, que pasaron con más pena que gloria. Su afición al teatro le viene desde la primera infancia, cuando acudía con sus padres a las funciones teatrales del teatro ferrolano El Jofre, adonde llegaban las mejores compañías de la época. Y esa afición teatral le duró toda la vida, pues además de su faceta como autor dramático, Torrente desarrolló una nada desdeñable actividad como teórico del teatro, en ensayos y libros, y como asiduo crítico durante doce años ?de 1950 a 1962? desde las páginas del diario Arriba y los micrófonos de Radio Nacional de España. Cuando en 1982 se decide a recoger la totalidad de sus textos teatrales en un volumen editado por Destino, Torrente reconoce que en ellos se encuentra el germen de muchos de los elementos que desarrollaría posteriormente en su obra narrativa. Y cita, en concreto, el lirismo, la ironía, el humor de base intelectual, el antirrealismo o una determinada concepción del amor. Así que de algo le acabó sirviendo su dedicación al teatro, además de facilitarle un diestro manejo del diálogo literario, que utilizará luego en su obra novelística y que acabará convirtiéndose en un valor destacado de la misma.

SU CONSTANTE PERIODÍSTICA

Mucho más popular que la dramática fue su faceta periodística, el primer género en el que Torrente vuelca su afición a la escritura. Empieza en Oviedo, en el año 1928, en el diario local El Carbayón, para luego seguir en Madrid, en un periódico de talante anarquista, La Tierra. El inicio en el mundo de la escritura lo hace, pues, Torrente por la puerta del periodismo, actividad a la que no dejó nunca de dedicar trabajo y entusiasmo. «Uno, que ha sido siempre periodista, es a veces literato», dejó escrito don Gonzalo en uno de sus artículos, cuando ya era un escritor consagrado. Realmente, su obra periodística es ingente. Hoy está reunida en volúmenes como Cuadernos de la Romana, Nuevos Cuadernos de la Romana y Torre del aire (que recogen los artículos publicados en Informaciones); Cotufas en el golfo (los publicados en Abc Literario) y Memoria de un inconformista (los artículos publicados en El Faro de Vigo), que consolidan a Torrente, junto con Cunqueiro y Josep Pla, como uno de los puntales del artículo literario en España, o lo que es lo mismo, como uno de los que ayudó a que el artículo periodístico se convirtiera en el género por excelencia del siglo XX.

LOS ARTÍCULOS

En mi acercamiento a Torrente tuvo una especial importancia descubrir los artículos que había escrito en el periódico El Faro de Vigo a principios de los sesenta, en una sección titulada A Modo, en los que hacía breves comentarios sobre distintos aspectos de la actualidad. En ellos se puede constatar su espíritu tolerante y democrático, sus convicciones éticas y sociales, sus deseos de justicia social, todo ello llevado hasta el punto de mantener controversias públicas, a través de la prensa, con los sectores más reaccionarios de la Iglesia, como fue el caso de una famosa disputa con un padre capuchino después de escucharle el sermón dominical en una iglesia de Pontevedra. La polémica con «un padre predicador» ?que era como firmaba su oponente? mostró la firmeza de convicciones de Torrente ?en aquel entonces catedrático en un instituto de Pontevedra? que le ganó la simpatía del sector más liberal de la ciudad y el odio del más retrógrado. Personalmente, cuando leí los artículos de Torrente de aquella época, que me revelaron un hombre liberal en política y tolerante en materia religiosa, en unos años en que tales posturas aún tenían sus riesgos, me afiancé en la idea de que aquel hombre que había estado en Falange, que escribió en el diario Arriba y perteneció, más o menos, al establecimiento oficial, hacía tiempo que había revisado sus valores políticos, sociales y culturales, y que sus nuevos planteamientos en estas cuestiones eran los propios de cualquier humanista con convicciones: creía en la libertad del hombre, en el progreso y en la democracia. Con todo ello, venía a comprobar que la firma de aquel documento en 1962, junto a otros intelectuales de la época, en el que protestaban ante el Gobierno por el hecho humillante de que les hubiesen rapado el pelo al cero a las mujeres de unos mineros asturianos en huelga, era algo más que un posicionamiento momentáneo.

Aquel hecho, hoy anecdótico, le costó a Torrente el puesto en la Escuela de Guerra Naval, donde ejercía como profesor, y el cargo de crítico teatral de Arriba y de Radio Nacional de España. Pero, como no hay mal que por bien no venga, a partir de ahí ocurren dos hechos muy importantes en la vida del escritor: se desliga definitivamente de todo lo que tenga algo que ver con el régimen, y se reencuentra con Galicia. Al tener que reincorporarse a la docencia como catedrático de instituto, pide destino a Pontevedra, adonde llegará en 1964 y en donde pasará unos años muy fecundos, humana y literariamente, pues aquí es donde empieza a fraguarse un gran proyecto novelístico que inicialmente se titularía Campana y Piedra, y que realmente acabó desgajándose en dos de sus mejores novelas: La saga/fuga de J.B. (1972) y Fragmentos de Apocalipsis (1977).

EL NOVELISTA

Como hemos visto, a Gonzalo Torrente Ballester no le fue fácil llegar a la cima de la novelística española contemporánea, donde sin duda hay que situarlo, y ahí están sus reconocimientos oficiales para confirmarlo: premio Cervantes, premio de la Crítica, premio Nacional de Literatura, miembro de la RAE, premio Príncipe de Asturias, caballero de las Artes y Letras en Francia, premio Planeta, premio Azorín, traducido a todos los idiomas cultos, etcétera. Pero hoy se puede afirmar que su obra revela una originalidad, lucidez y calidad literaria difíciles de encontrar en sus contemporáneos. Fue un novelista con independencia absoluta de modas y escuelas, e incluso, de los gustos del público. Y tiene como mérito añadido el hecho literario nada sencillo de haber unido en su pluma al renovador de la literatura y al escritor tradicional. En efecto, Torrente fue capaz de escribir Los gozos y las sombras, en una línea encuadrable dentro del realismo tradicional, válido para retratar en cientos de páginas la identidad gallega; pero también es el autor de La saga/fuga de J.B., que es la novela más moderna, atrevida e influyente de todas las publicadas en España en el último cuarto del siglo XX, y en la que completa el dibujo del alma de Galicia.

En estas y en algunas otras novelas, Torrente, al igual que Valle-Inclán y Emilia Pardo Bazán, supo reflejar, con excepcional brillantez, el mundo tradicional gallego, así como algunas de las notas definitorias de nuestra identidad, como el escepticismo, la fina ironía, el humor de media sonrisa... La obra novelística de Torrente aguanta el paso del tiempo, pues las principales novelas se han vuelto a editar porque interesa su lectura, lo que es señal de que el escritor, once años después de su muerte, ha pasado ya a ser un clásico.

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