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uerida mamá. La mañana del lunes me levanté un poco más temprano para poder seguir, por Internet, la gala de los Goya. Ya he visto que Luis Tosar, ese pedazo de actor gallego, ha ganado el premio. Se lo merece sin duda pero, si hubieran esperado un poco, bien me lo podían haber dado a mí. Y lo digo porque esta semana me he estrenado como actor. Álex, un amigo paraguayo que estudia comunicación audiovisual, me incluyó en el rodaje de su último corto, una historia de amores varios a bordo de un tren. Mi escena (muda, por el bien del cine), se desarrollaba en un andén. Solo tenía que fingir prisa e intercambiar miraditas con una profesora muy mona del departamento de chino que se moría de la risa en cuanto yo aparecía en escena. Se ve que no tengo hechuras de galán. Al poco de comenzar el rodaje, viajeros, paseantes y guardavías hicieron corrillo a nuestro alrededor para ver el trabajo de tan prometedoras estrellas, y aquello se convirtió en una especie de picnic marujil: pipas, refrescos, y todo el mundo a criticar, como si no estuviéramos allí. Los paisanos, encantados: un grupo de extranjeros de todos los colores (había hondureños, paraguayos, panameños) en un apeadero de pueblo es algo muy parecido a un acontecimiento. Imagínate que un grupo de hongkoneses desplegara los bártulos propios de un pequeño rodaje -trípodes, tres cámaras, set de maquillaje- en la parada de autobús de Cobas. Como cuando Hollywood rodó La letra escarlata en Santa Comba, pero en versión de andar por casa. Al final hubo de todo: el micrófono no tenía pilas, me tropecé dos veces, uno de los guardavías chupó cámara toda la tarde y Álex se dejó el desmaquillador en casa. Pero, mira por dónde, le he cogido gusto a esto del estrellato. A ver si este director en ciernes me convierte en su actor fetiche y en un par de añitos me ves recorriendo la alfombra verde, del brazo de una famosa, camino de recoger mi Goya al actor revelación. Prepárate, Tosar. No voy en broma.