Sabor marinero en el muelle

TEXTO Beatriz Antón FOTO José Pardo

FERROL

Marina Mascaró popularizó el bar Anca con sus buenas dotes para los fogones y ahora son su hija y su nieta las que comandan este clásico culinario del puerto

20 dic 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Entre las paredes del bar Anca, uno de los templos gastronómicos con más solera del barrio de Ferrol Vello, se esconden casi cincuenta años de historia. El padre de Maribel Fernández Mascaró era Cholo Anca, un famoso jugador del Deportivo y del Racing de Ferrol que cuando colgó las botas decidió ganarse el pan sirviendo vinitos y suculentas comidas en la calle del Castro, a muy pocos metros de la casa de la Praza Vella donde nació.

Corría el año 1962 y Cholo y su esposa, Marina Mascaró, se repartían la faena detrás de la barra del Anca. Mientras él atendía a los clientes, ella se ocupaba de los fogones.

«Por aquella época trabajaban mucho el marisco y, sobre todo, los centollos, que nos traían los Marmulos, unos pescadores de Mugardos», explica Maribel revolviendo en sus recuerdos.

También tenían fama entonces en el bar los licores, que los trabajadores de Bazán que llegaban en lancha se tomaban antes de ir al tajo para calentar el cuerpo, y por supuesto, los pinchitos con los que Marina deleitaba a los clientes. «Me acuerdo que eran unos cornechos de pan cortados en cuatro y con una loncha de fiambre encima: la gente se los comía y después dejaban el palillo sobre la barra para que supiésemos cuántos habían tomado», apunta Maribel.

Pero por lo que de verdad empezó a adquirir popularidad el Anca fue por los sabrosos platos de Marina: los garbanzos con bacalao, el arroz con almejas, las parrochitas... Y, sobre todo, los chocos, la jibia, las cocochas de bacalao y también las huevas de merluza, que «por aquel entonces no las hacía nadie, porque no se apreciaban como ahora», apunta la hija de la primera cocinera del Anca.

Con el paso del tiempo, todo ese legado gastronómico pasó de Marina a Maribel, y más recientemente, de ésta a su hija Lydia, con la que comparte faena desde hace ya casi nueve años. «Yo estudié peluquería, pero cuando murió mi abuela decidí ponerme a trabajar en el bar, porque mi madre me necesitaba», explica la astilla de esta historia. ¿Tal vez se arrepienta de aquella decisión? «¿Qué va!... Estoy muy a gusto con este trabajo», asegura toda sonriente.

Buscando piropos para su madre, Lydia destaca, entre otras cosas, la buena mano que tiene para tratar con los clientes. «Es una relaciones públicas perfecta», apostilla. Y de su hija, Maribel valora sobre todo su gusto por el orden, la limpieza y la organización. «¡Yo la llamo don Limpio, porque es algo impresionante!», comenta entre risas.

¿Y qué dirán la una de la otra de sus dotes para los fogones? Lydia no lo duda ni un segundo y se queda con la jibia que cocina tan bien su madre, mientras que Maribel tampoco tarda en responder. «Mi hija hace como nadie la tortilla», apunta orgullosa .