Un vecino de Narón relata a La Voz cómo se estrelló el domingo en la curva del kilómetro 14 de la autovía, una semana después de la muerte de una joven lucense
14 oct 2009 . Actualizado a las 12:22 h.Hacía un día apacible. Ni siquiera había llovido aquella mañana. Pero eso no fue motivo suficiente para reducir la siniestralidad de la AG-64 a su paso por San Sadurniño. En torno a las once y media de la mañana, la curva que se llevó la vida de la joven lucense Verónica Corredoira hace ya una semana dio un nuevo susto a otro conductor.
Fernando Sanjurjo tiene 59 años, vive en Narón y hace el recorrido entre Ferrol y As Pontes «si no todos los días, al menos cada dos». Tiene en la villa una de las oficinas de la red de Servisa, empresa de servicios funerarios, de la que se encarga en la comarca. Y nunca antes había tenido problemas al volante. «Conduzco desde los dieciocho años todo tipo de vehículos -explica-, conozco esa carretera y sé dónde se puede acelerar y dónde hay que frenar». Eso, alega, le confiere la posibilidad de afirmar que «ahí hay algo».
El pasado domingo, señala, «bajaba con prudencia» hacia Ferrol por la autovía de As Pontes, la AG-64. Reconoce que, «a veces voy más rápido, pero ese día no tenía prisa e iba despacio». Enfiló la cuesta en la Peugeot Partner de la empresa y redujo la velocidad a noventa kilómetros por hora al llegar a la señal que hay antes de la curva. Pero no fue suficiente con eso: «Se me empezó a ir el coche e intenté corregirlo». Cuando se dio cuenta, Fernando estaba pegado a la mediana de hormigón. «Se me iba para un lado y para el otro», recuerda, hasta que el impacto con el protector central de la autovía hizo que saltaran los airbags del coche, por lo que perdió por completo la visión de lo que tenía por delante.
Lo primero que se le vino a la cabeza es que iba a saltar la protección: «Venían coches de frente y me dije: 'Adiós, ahora salto la mediana y mato a todo el mundo'». Le tiembla la voz al recordar cada fotograma del siniestro. «Nunca había tenido ningún accidente, solo algún que otro rascazo, pero nada así», alega. Y daría lo que fuera por no volver a repetir la experiencia.
A ciegas en el habitáculo
«Como profesional de la carretera, sé cómo reaccionar con los coches», señala Sanjurjo. Pero ese día, apunta, «tuve miedo al saltar los airbags». Ese sistema de protección lo dejó a ciegas en el interior del habitáculo mientras el coche giraba a su antojo sobre la curva del «famoso kilómetro 14». «Al final, no sé cómo acabé en la cuneta», dice, con una furgoneta que «apenas debía tener dos años» de antigüedad. El vehículo descansa ahora en el taller con síntomas de sufrir un «siniestro total».
El accidentado prosigue su relato de lo sucedido: «Vi que salía humo, me desabroché el cinturón, abrí la puerta y salí de la furgoneta». Lo hizo por su propio pie por miedo a que el coche se incendiase. Apenas podía andar, estaba aturdido por el golpe y «me dolía el pecho».
Un vehículo que pasaba por el lugar acudió en su auxilio a los pocos segundos. «Era una familia muy amable que venía de Salamanca», señala el accidentado, «pararon y me preguntaron si estaba bien». Al rato apareció también una prima suya. Fue la que lo trasladó en su coche hasta el hospital Arquitecto Marcide mucho antes de que llegase la ambulancia o las patrullas de Tráfico que se hicieron cargo del siniestro después.
En el centro sanitario le hicieron placas, «pero no se veía nada, no había nada roto». Aún así, es ahora cuando empieza a ver las magulladuras en el cuerpo y aún le duele «al respirar».
Un par de días después del siniestro, Sanjurjo aún reconoce que «se me tiene que pasar el susto». Todavía le atormenta la imagen de la furgoneta rozando con la mediana y, justo después, la cuneta «que ya parece una escombrera», indica, por la cantidad de rodaduras y restos de otros accidentes que allí se acumulan.
Una mancha de aceite
«Venía de llevar un ramo de flores al tanatorio de As Pontes», recuerda, y por poco no lo cuenta. «Vi la muerte encima» en esa curva de la AG-64, espeta. Por eso pide que «se haga algo», que el trazado «no está bien». Y hasta otro familiar que pasó poco después por el lugar le contó recientemente que «vio una mancha en el asfalto», como si fuera una resbaladiza balsa de aceite. Precisamente hace menos de una semana, el viernes pasado, la Administración envió al lugar un equipo de limpieza para dejar el pavimento como los chorros del oro y aumentar su adherencia. La medida apenas fue efectiva durante un fin de semana.