Avelino fundó con otros socios a finales de los ochenta la empresa Gabadi, dedicada a la carpintería interior de los navíos, que dirige desde hace una década con su hijo
04 oct 2009 . Actualizado a las 02:08 h.Son un referente en la industria de la habilitación naval en la comarca, o lo que es lo mismo, la carpintería y la acomodación interior de los barcos. El palo de este artículo, Avelino Llago, es un hombre hecho a sí mismo, que admite que las enseñanzas que aprendió de chaval no las recibió en un pupitre, sino en el trabajo en un taller. «Primeiro aprendín o oficio sin cobrar nunha carpintería e despois empecei a traballar como pinche», recuerda. En el año 1963 comenzó a trabajar en la habilitación naval en Astano, en donde permaneció hasta 1994.
No obstante, unos pocos años antes fundó, conjuntamente con otros socios, Gabadi. «Estábamos en O Espiño, nun taller de 600 metros cuadrados, pero cando empezamos a crecer, fóronse algúns socios», evoca. Entonces, su hijo no parecía que fuera a seguir los pasos familiares, ya que había comenzado la carrera de Derecho.
«En el primer curso vi que era demasiado teórico, así que quería buscarle un sentido práctico y aprender en la gestión administrativa», explica la astilla del artículo. Por ello, pidió a su padre que le ayudara a buscar un puesto de trabajo, y así se produjo la entrada en Gabadi.
No obstante, no abandonó su formación, que compaginó con el desarrollo de la gestión en la firma naronesa. De hecho, al terminar la carrera montó un despacho de abogados en su Narón natal, que aún mantiene con un socio.
Paralelamente al crecimiento profesional de Antonio Llago se fue produciendo la expansión de Gabadi. Tras el fallecimiento del último socio que tenían en la empresa los Llago, decidieron «coller unha parcela de 1.200 metros no polígono de Río do Pozo», que enseguida se les volvió a quedar pequeña. De hecho, tras continuas ampliaciones, hoy en día cuentan con más de 8.000 metros cuadrados cubiertos y han tenido que adquirir una nueva parcela en el sector cuatro del polígono naronés.
Avelino fue delegando poco a poco el mayor peso de la compañía en su hijo, que en 1999, cuando su padre tuvo que retirarse profesionalmente durante un año por motivos de salud, asumió por completo la gestión. El salto en la empresa familiar se había realizado sin sobresaltos. «Ahora mismo ya hay un cambio generacional en muchas empresas, que se están profesionalizando. Hay un equipo de jóvenes que nos fuimos formando y en el que se puede delegar», sostiene.
Su padre corrobora ese extremo y alaba la capacidad que ha demostrado su único vástago para la actividad empresarial. «O fai ben casi todo. É un home moi espabilado e, de feito, aínda que estudiou Dereito, a xente que non o coñece pensa que é enxeñeiro, polos coñecementos que demostra, pero eu lle pediría que delegase máis», afirma Avelino.
Capacidad de adaptación
Su hijo destaca de su progenitor «su capacidad de adaptación a los nuevos retos, que siempre son muy complejos», máxime en este sector, que ha pasado de utilizar la madera al metal como materia base. Además, recuerda que su padre empezó «como pinche y en estos momentos tiene una empresa que factura diez millones de euros». Juntos han estado vinculados al desarrollo de los dos astilleros en la ría ferrolana pero también han sabido diversificar e incluso dar el salto a mercados tan dispares como el mejicano o el australiano.