Luisa Parada, una de las empleadas de la fábrica textil, asegura que hace años que «le vimos las orejas al lobo», aunque no fue hasta diciembre cuando estalló la gran crisis
20 sep 2009 . Actualizado a las 02:00 h.«En el textil ya llevamos años viéndole las orejas al lobo», asegura Luisa Parada, una de los veinte trabajadores de la empresa Peter John que perdió a principios de verano su empleo con la decisión de la emblemática fábrica de ropa infantil de cerrar sus puertas. Fue el último cerrojazo empresarial de una firma de renombre de la comarca.
Sin embargo, sostiene que el fin de esta compañía fue la crónica de una «muerte anunciada» y no le cogió por sorpresa. «Nadie puede decir que fuera un cierre improcedente. Desde que empezaron los asiáticos a introducirse en el sector, el textil cada vez iba a menos y era muy difícil competir», recuerda esta ferrolana, que inició su vida laboral en la factoría naronesa, en donde pasó los últimos 18 años.
Luisa explica que la crisis en la que se vio inmersa Peter John no respondió, no obstante, a una única causa. «Nosotros vendíamos mucho a Estados Unidos y los países árabes y a partir del 11-S se fue haciendo muy difícil la exportación. Además, el euro subió de cotización» y también se complicaron las ventas en el exterior, recuerda.
En la empresa del soldadito inglés, trabajaba en el departamento de diseño, por lo que tenía un contacto directo con los comerciales. De ahí que vio iniciarse una crisis que, en la comarca, ya ha traído consigo el cierre de la que fuese decana del sector en Galicia, Unicén. «En los últimos años ya veíamos que cada vez era más difícil encontrar proveedores. Todas las campañas te ibas enterando de que tal o cual empresa había cerrado. Se notaba en las ventas, pero en todos en general. Veíamos que el textil aquí en España se iba», evoca.
Así las cosas, a la caída en la cuota de mercado vino a sumarse las restricciones financieras que trajo consigo la crisis económica. «Empezamos a tener problemas serios en diciembre pasado, cuando la empresa quiso renovar el crédito con los bancos y estos lo denegaron», explica. Fue el principio del fin. Sin perspectivas de que la situación podría cambiar y con una bajada continuada del consumo, los dueños de Peter John optaron en mayo por acogerse al concurso voluntario de acreedores -la antigua suspensión de pagos- aunque sin expectativas de poder remontar la crisis.
«Estuvimos un mes en la empresa de brazos cruzados y fue una situación desesperante, hasta que el juez nos dio el 10 de julio el permiso para venirnos para casa». A iniciar otra etapa, tras dejar atrás el que para casi todos los trabajadores de Peter John había sido su único empleo.