El buque que perdió un gemelo

Francisco Varela

FERROL

El ministro de Marina en 1926 preveía construir tres cruceros: «Baleares», «Canarias» y un tercero que se iba a llamar «Ferrol», pero que no se hizo por la Guerra Civil

17 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

El que fuera el buque insignia de la Marina durante la larga dictadura de Franco, el crucero Canarias , había sido botado en Ferrol en 1931 y causó baja en 1975. Cientos de los que fueron tripulantes en este buque con base en la ciudad departamental viven todavía. Pero vuelve a ser noticia porque los ingenieros profesores Primitivo González y Antonio Salamanca, en un excelente trabajo (Cuadernos Ateneo Ferrolán) sobre la evolución de la construcción naval en la ría desde finales del siglo XIX y todo el siglo XX sostienen que además del crucero gemelo Baleares , cuyo hundimiento fue una verdadera tragedia para Ferrol en la Guerra Civil, estaba prevista la fabricación de un tercero que iba a llevar el nombre de Ferrol.

Los autores recuerdan que la construcción de la serie de cruceros fue aprobada mediante el Real Decreto de 9 de julio de 1926, siendo ministro de Marina el vicealmirante Cornejo, que se le recuerda con una calle en la ciudad. El diseño del Canarias obedecía a cruceros tipo Washington , de aproximadamente 10.000 toneladas. Nadie duda que tan magno programa naval ponía a España de nuevo a la altura de otras naciones y supondría la recuperación de la Armada tras el desastre de Cuba de 1898.

El 15 de agosto de 1928 se colocó en el astillero que luego llevaría el nombre de Bazán la quilla de los dos primeros, pero la crisis económica de 1929, que también afectó a España como la actual, causó importantes retrasos en la ejecución del programa naval. De manera que el Canarias no sería botado hasta mayo de 1931, y el Baleares , un año después, y se iría al fondo del mar, hundido por la flota republicana, en 1938, tras ser torpedeado. Si bien para lo único que servirían estos modernos buques sería para hacer más sangrienta la guerra fratricida en la que cayó España en 1936 y que tampoco permitió que se construyese el Ferrol porque las arcas del Estado, tras la Guerra Civil, no estaban para afrontar un gasto semejante.

El Canarias salió indemne del conflicto. Había realizado sus pruebas de mar en 1934 y prolongó su vida activa hasta su baja definitiva, si bien seguiría dando mucho que hablar luego por el conflicto legal surgido entre la casa de desguaces que lo compró y la Armada al asegurar la empresa que al buque le faltaban muchos elementos que aparecían en la memoria de subasta. Más tarde, por los vertidos de aceites de sus sentinas a la ensenada de A Malata cuando todavía se permitían desguaces, sin apenas control medioambiental, en esa zona.

Los ingenieros Primitivo González y Antonio Salamanca sostienen que este crucero no tendría parangón hasta la década de 1980 con el portaaviones Príncipe de Asturias. Es decir, hasta ese momento, España no recuperó su capacidad tecnológica militar y económica semejante a la década de los 20 del siglo XX.

Los del modelo Washignton eran cruceros con un desplazamiento de máximo de 13.300 toneladas, 194 metros de eslora, 19,5 de manga y 6,5 de calado. Su potencia podía llegar a los 92.000 CV y su autonomía era de ocho mil millas a 15 nudos de velocidad. La dotación inicialmente de 800 hombres superó luego los 1.200, algo impensable en los modernos barcos militares, mucho más tecnologizados y automatizados.

Del crucero Ferrol, añaden los autores, nunca llegó a colocarse su quilla. Como consecuencia de un estudio de la Escuela de Guerra Naval realizado en 1928 se decidió cancelar su construcción y aplicar el presupuesto que se iba a destinar a la construcción de cinco destructores, mejor alternativa para el diseño que el Gobierno y la Marina hacían para la defensa del país.

Hay que tener en cuenta que la II República se proclamó constitucionalmente pacifista («España renuncia a la guerra como instrumento de política internacional...) y por ello cortó de raíz los programas navales militares, aunque luego cambiaría este criterio, porque en 1932 una comisión de jefes e ingenieros de la Armada, bajo la dirección del capitán de navío Enrique Pérez y Fernández Chao, realizó un magnífico trabajo técnico y económico, a juicio de los autores de esta investigación, sobre la conveniencia de un nuevo programa naval consistente en la fabricación de barcos de guerra, diques y bases militares.