Con el arte metido en los genes

TEXTO Beatriz Antón FOTO Marcos Creo

FERROL

Estos dos eumeses comparten su vocación por el arte, pero cada uno tiene su debilidad; mientras el padre cultiva el grabado, su hija prefiere el retrato

27 abr 2009 . Actualizado a las 20:06 h.

Hay quien piensa que Víctor Gómez Garabana y su hija Ángeles nacieron con los pinceles entre los dedos. Y la verdad es que no andan nada descaminados. Porque tanto él como ella se criaron entre lápices, lienzos y plumillas casi desde la cuna.

A Víctor, ahora prejubilado de toda una vida de trabajo en los astilleros, le salió la vena creativa con solo 8 años. Su padre, Antonio Gómez, administrador de correos y maestro de Pontedeume, pintaba al óleo con frecuencia y, casi sin sospecharlo ni quererlo, le contagió la pasión a su hijo. «Recuerdo que de pequeño, sin que él se diese cuenta, le cogía sus pinturas y las escondía debajo de una cama en el faiado de la casa. Un día lo descubrió y yo pensé que me iba a reñir muchísimo, pero no fue así; al revés, se alegró mucho y me animó a que siguiese pintando».

Fue así, a escondidas, como García Garabana inició su aprendizaje en el mundo del arte. Este eumés se define como un «autodidacta», aunque reconoce que aprendió muchísimo de don Pío Rosado, un maestro que le enseñó dibujo en la academia Luis Vives de la villa de los Andrade. «Era muy buen profesor y fue mi único maestro», subraya Víctor.

De los óleos, Garabana pasó al dibujo con plumilla, y de ahí al grabado. Al arte de la estampa llegó, en gran parte, por influencia del prestigioso grabador ourensano Julio Prieto Nespereira. El que fuera director del Museo Nacional de Grabado Contemporáneo veraneaba en Pontedeume, casi puerta con puerta con la casa del padre de García Garabana, y tanta cercanía -además de la afinidad en sus gustos- hizo que surgiese la amistad. «Prieto le regaló muchos libros a mi padre, también alguno a mí, y viendo sus páginas, me empecé a interesar por el grabado», explica el palo de esta historia.

Ahora, ya curtido en la técnica de la impresión al aguafuerte, a Víctor le cuesta hablar de referentes, aunque asegura que si algún artista le ha influido, ese es, sin dudas, el lucense Castro Gil, a quien Wenceslao Fernández Flórez recurrió para ilustrar El bosque animado .

En el caso de Ángeles, su gran maestro fue Segura Torrella. Con él se formó durante dos años en Ferrol, los últimos de su vida. «Cuando murió, le lloró a mares», recuerda su padre.

Ella, que desde siempre llevó el gusanillo del arte en las venas, solo tiene elogios para el artista del Ensanche: «De Segura aprendí muchísimo y, además, nos llevábamos muy bien; si no hubiese muerto, hoy seguiría asistiendo a sus clases», dice Ángeles con mucha admiración. Y reconoce además alguna influencia: «Creo que él me marcó y eso se nota en mis retratos, sobre todo en el brillo de los ojos y en la expresión de la gente a la que pinto».

Pero a Ángeles le sobra creatividad y por eso no le basta solo con los pinceles. Además de pintar, sus manos también cosen, cultivan la artesanía de cuero, fabrican bisutería y hasta hacen tatuajes corporales con henna. Por no hablar de su faceta de profesora -da clases en el centro de mayores de Pontedeume y en el colegio Atocha-, que le apasiona.

Al hablar de su padre, a Ángeles solo le salen piropos: «tiene mucha imaginación y es muy creativo», dice orgullosa. Y él no duda en devolverle el elogio, aunque con rapapolvo incluido: «A ella talento no le falta, pero podría trabajar más». Eso sí, los dos están deseando exponer juntos. «Y cuanto antes, mejor», dice Víctor ilusionado.