Bailando al son de las mareas

TEXTO Beatriz Antón FOTO Javier Piñeiro

FERROL

Estas dos mujeres se ganan el pan escarbando en la arena las almejas, las ostras y los berberechos que el mar, en su incesante vaivén, les ofrece como un regalo

15 mar 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Encorvadas hacia la arena, con la espalda mirando al cielo, Fina Permuy y su hija Rocío mueven sus manos enérgicamente en busca de almejas, berberechos y ostras. Son los frutos que les ofrece la ría ferrolana cuando, al bajar la marea, su fondo se queda medio desnudo en el litoral de Maniños y Barallobre.

La madre cuenta que sacha la arena desde hace más de veinte años. Sin embargo, de niña jamás imaginó que algún día acabaría obteniendo su sustento anclada a la costa, porque esta mujer simpática y «falangueira» nació tierra adentro, en Vilarmaior, sin el olor a salitre flotando en el aire. Con apenas dos años se marchó a Monfero y allí permaneció hasta que, a los veinte, desembarcó en Fene para trabajar como planchadora en Confecciones Garfesa.

Por aquel entonces, Fina no podía sospechar que el mar le estaba esperando. Tras dejar la fábrica de punto -«porque casei co meu marido e alí ás casadas non nos querían»-, se trasladó de Perlío a Maniños. Su intención era dedicarse a la casa y a sus cuatro hijos, pero las vecinas de la zona le hicieron cambiar de opinión: «Dixéronme que fora a mariscar con elas á praia, que este era un bo traballo para sacarse un suplemento, e despois de moito pensalo, decidín facerlles caso».

Fina recuerda muy bien la primera vez que fue a mariscar. Se plantó en la playa con el cubo, el pico y un pequeño raño. Y volvió a casa casi con las manos vacías. «Os prezos de entón non eran os mesmos, e a miña habilidade tampouco, así que o primeiro día non gañei máis de 50 pesetas», cuenta entre risas.

Sin embargo, Fina no tardó en aprender y hoy en día trabaja como la mejor. «Coma calquera outra que sexa boa», dice sonriente. Es tal la experiencia adquirida que le basta un rápido vistazo a la arena para saber debajo de qué agujeros se encuentra el marisco. Como dicen las gentes del mar, Fina vai a ollo , mientras que su hija Rocío cava a afeito , es decir, de forma indiscriminada. «Es que hay muchos tipos de agujeros y, como yo soy una novata, todavía no los sé diferenciar, así que no me queda más remedio que cavar todo», cuenta Rocío con los ojos alegres.

Como le sucedió a su madre, esta joven nunca imaginó que se ganaría el pan excarbando en la arena. «Me metí en esto hace unos dos años, porque había que trabajar, pero la verdad es que nunca me llamó la atención el trabajo de mi madre», explica Rocío. Sin embargo, ahora reconoce que disfruta de la fanea. «Me gusta venir aquí, estar en contacto con el mar, hablar con las compañeras», dice sonriente. A su madre le pasa lo mismo: «Isto é durísimo, sobre todo en inverno, porque chove e fai moito frío, pero a mín este traballo me fai moito ben, me quita o estrés; se teño preocupacións, veño aquí e parece que se me olvidan».

Fina cuenta que el marisqueo requiere muchos mimos. «Isto é o mesmo que se tes un terreno: se non o coidas, non te produce», señala. Y explica que, ahora, pese a esos mimos, no siempre se siente recompensada por el mar. «A crise notámola moitísimo; fíxate que a ameixa estase a cotizar na lonxa a dez euros, cando antes estaba a trinta e mesmo chegou a estar a cincuenta».

El palo y su astilla bailan al mismo son. Sus compañeras dicen que son clavaditas, como «dos gotas de auga». Y a ellas esa comparación parece gustarles. «Siempre nos llevamos bien», apunta Rocío. Y Fina se apresura a poner la puntilla: «É certo, levámonos ben na casa... E tamén aquí. No mar». En este mar.