Se han pasado media vida arreglando motores, enderezando chapas y pintando bólidos; en el taller, estos dos mecánicos se mueven como pez en el agua
22 feb 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Al principio los dos se muestran tímidos. Reservados. Parcos en palabras. Pero, a poco que se avanza en la conversación, la lengua se les empieza a soltar. Y aflora su lado más retranqueiro: «Os coches de hoxe, con tanta historia e tanto sensor, sonche moi delicados; máis que para o asfalto, están para adornar o salón», dice con media sonrisa Enrique Pedreira Gómez, un mecánico ya jubilado más acostumbrado a la grasa que a la electrónica.
A su lado, enfundado en un buzo azul, su hijo José Antonio abandona por un rato los pistones, los cilindros y las culatas para hablar de la profesión con la que se gana el pan, como en otros tiempos hizo su padre. La cita transcurre en su taller de San Xoán de Piñeiro, en Mugardos, una enorme nave en la que Rex , un precioso perro labrador de color miel, se encarga de dar la bienvenida al visitante. «É o mellor dos recepcionistas», dice José Antonio mientras lo acaricia.
En la oficina, Enrique y su hijo hacen un ejercicio de memoria para contar su historia. El padre, muy amable, cuenta que se convirtió en mecánico a los 16 años y que, a partir de entonces, salvo por pequeños períodos de tiempo, siempre anduvo con las manos manchadas de grasa. «Tamén andiven algo como chófer e traballei algúns anos no campo, pero o que máis me gustou sempre foi a mecánica», explica Pedreira.
También cuenta que a Mugardos, procedente de su Mesía natal, llegó hace casi ya treinta años. En 1981. Primero trabajó en industrias Otero y, después de casi una década, se pasó a las compañías de montaje de Astano, donde se jubiló.
José Antonio, su único hijo varón, se enganchó al oficio también muy pronto. «Non foi algo que eu decidise; con 14 anos empecei a traballar nun taller de chapa e pintura de Neda e, sen pensalo moito, xa quedei alí», explica dirigiendo su memoria a los tiempos adolescentes. Reconoce, sin embargo, que siempre le gustaron los motores y que, ya de pequeño, pasaba el tiempo «entre ferramentas» y «limpando as pezas dos coches» con su padre.
En el año 86 abrió su propio taller en San Xoán y hoy, aunque sigue llevando el oficio en la sangre, confiesa sentirse algo desencantado: «Con tanto imposto, tanta normativa e tanto IVA, ao final os negocios son máis rentables para o Goberno que para os que os explotan... ¡Eu traballo 14 horas ao día e aínda así cústame cumprir con todo!».
Pero, en el fondo, y a pesar de lo mucho que despotrica, José Antonio no puede ocultar su pasión por la mecánica. Lo demuestra el precioso Seat 600 recién restaurado que duerme flamante en una de las salas de la nave, así como otros tres, totalmente destartalados, que esperan a pasar también por su bisturí. «Isto faino el por placer, porque lle gusta moito», dice su padre orgulloso.
Desde los tiempos de Enrique a los de José Antonio ha llovido mucho. El primero todavía recuerda los años en los que llegaba baldado a casa después de un día entero dándole a la mandarria: «Antes non había máquinas, facíamos todo a golpe de martillo», explica echando la vista atrás. Y el segundo, a su vera, se queja de la hipersofisticación de los coches de hoy en día: «Metéronlle tanta historia, tanto sistema electrónico e tantas cousas que á mínima te fallan; en vez de ir nun coche, parece que vas nunha nave espacial».
Por eso José Antonio se queda con los bólidos de hace 10 o 15 años. Con aquellos 306 o aquellos Golfs que eran «eternos». Y su padre, otra vez retranqueiro, coincide con él: «Os coches de hoxe, se os metes polas estradas de antes, non che duran nin dous días». Palabra de mecánico.