La borrasca dejó una noche huracanada y un amanecer de recuento de destrozos
25 ene 2009 . Actualizado a las 02:00 h.«Empezó a las nueve y media, y vimos volar el mar», relata Justo Bustabad, vecino de San Felipe, sobre las primeras horas del temporal. Los vientos huracanados estrellaron los tejados de la lonja contra el paseo, derribaron árboles en toda la ciudad y dejaron el casco urbano, y la comarca, sin luz. Solo los coches iluminaban a esas horas un Ferrol fantasmal y peligroso, por el que volaban sillas y tejas en medio de una oscuridad casi absoluta. En A Malata, los bomberos trataban de salvar el bar O Sexto Pino, triturado bajo dos de esos árboles. Por la mañana, su propietaria, con lágrimas en los ojos, imploraba para que se salvase su negocio al que ha dedicado «toda la vida».
Mientras Ferrol quedaba a oscuras, el temporal siguió a lo suyo. El agua anegó las viviendas de Perlío, cayeron trozos de tejado en Caranza y, recuerda Justo Bustabad, «se levantó el mar. Había tanta niebla que no se veían ni los focos de los remolcadores en la ría». En San Felipe cayeron eucaliptos sobre algunos edificios, un vecino, Moncho Arrieiro, salió a la calle, fumando en medio de la borrasca, por miedo a ser aplastado en casa. Los árboles también bloquearon los accesos al barrio, que ayer al mediodía seguía sin suministro eléctrico. Pocos durmieron en San Felipe durante horas. «El Hortensia no fue nada», señalaba Bustabad.
Los vecinos del barrio sirven de ejemplo a lo que vivió toda la comarca: un caos. A pesar del esfuerzo enorme de la policía, Protección Civil, los bomberos, la Guardia Civil... que parecían estar en todas partes. «Vou parar un pouco porque levo dende as once da noite cortando, e vou quedar durmido coa motoserra en marcha», se quejaba un operario de Jardines por la mañana. Llevaba trabajando más de doce horas seguidas.
En O Val, Juan Fraga, un agricultor, se resignaba ante los daños sufridos por sus invernaderos: «Son cousas do oficio». El viento arrasó algunos viveros de flores y dañó los suyos de lechugas verdes. El mismo viento que hizo volar el mar frente a San Felipe llenó O Val de salitre. «Xa pasou máis veces, agora secarán todas as prantas», se lamentaba Fraga meneando la cabeza.
La carretera de Cedeira se llenó de naroneses que, subidos a los tejados de sus viviendas, reparaban los daños. La vía estaba llena de restos de eucalipto, ramas, muros tirados... En As Pontes y Cedeira no había luz en ningún sitio, y no funcionaban los teléfonos móviles y los fijos. El paseo de la villa cedeiresa estaba cubierto de trozos de barco. Un yate y un gran pesquero yacían varados. El temporal los arrastró más de 500 metros.
Pero incluso para el amigo de un dueño del yate, lo principal era la vuelta del suministro eléctrico cuanto antes. «Moitas eleccións e o que queiran, pero chega o vento e ¡hala! Todos sen luz nonseicantos días. Parece el Tercer Mundo», se quejaba.
La práctica totalidad de los negocios estaba cerrada. Uno de los pocos bares abiertos, quizá el único, era el Mesón Areal, cerca del paseo. Su propietario, Alberto Rodríguez consiguió un generador, pero temía perder «miles de euros en mercancía» si la luz no se hace durante las próximas horas. «Estamos de volta no século XIX», reía uno de sus clientes al comprobar la falta de teléfono y luz. Otro apostilló, más comprensivo: «Que me perdoe o Hortensia , pero isto foi moito, pero moito peor».
De noche, los observadores acostumbrados podían advertir la persistencia de numerosos manchones de oscuridad en el paisaje normalmente lleno de luz de la ría de Ferrol. «En Fenosa no me dicen nada, ¿no sabrán cuándo volverá la electricidad, verdad?», preguntaba casi a las ocho de la tarde a La Voz una vecina de Barallobre.