Llevan con la cámara a cuestas desde que tenían once años y aseguran que jamás se la descolgarán; para este padre y este hijo, la fotografía es su vida
14 oct 2008 . Actualizado a las 12:16 h.Tito Ríos es toda una institución en Pontedeume. A los once años y medio, cuando todavía usaba pantalones cortos y por bigote no tenía más que unas pocas pelusas, le contrataron para hacer su primera boda. «Fue en San Juan de Villanueva, en Perbes, y todavía conservo los negativos», recuerda él con una sonrisa. Aquello sucedió en 1955, y desde entonces, Ríos vive con la cámara a cuestas.
Este hombre simpático, hablador y también muy cantarín -que todo hay que decirlo- debería haber sido panadero. Pero él consiguió burlar al destino y se enamoró de los objetivos. «Mis padres tenían una panadería, pero yo siempre tuve claro que eso de despertarse a las tres de la madrugada para ponerme a amasar no era lo mío», cuenta Tito entre risas.
En el estudio de Foto Blanco, en A Coruña, aprendió lo básico del oficio. Le bastaron seis meses y después comenzó a trabajar sin parar: «Para mí fue como llegar y besar el santo porque, después de aquella primera boda en Perbes, me salieron muchísimos encargos, a pesar de que mucha gente desconfiaba de mí, porque me veían muy pequeño».
Poco a poco, y con el tiempo, Tito fue ganando experiencia. Tanta que decenas y decenas de familias empezaron a confiar en él para dejar testimonio gráfico de los momentos más importantes de su vida. «Hoy en día puede presumir de tener más de cinco mil bodas a sus espaldas», advierte con orgullo su hijo Jose.
Pero, además de bautizos, bodas y comuniones, a Tito siempre le gustó capturar con su cámara el alma del pueblo. En su tienda de la villa de los Andrade, este veterano de las lentes muestra viejas fotografías en blanco y negro, que son, también, imágenes congeladas en el tiempo de un Pontedeume que ya no existe. Porque las niñas pequeñas ya no se descalzan para recoger mejillones en la ría. Ni tampoco se ven ya ancianos con rostros tan castigados por la miseria.
Su hijo José las mira y entonces le invade el orgullo. «Él es un fotógrafo del pueblo y yo espero serlo también», dice con admiración. Y se ríe mucho al recordar, junto a su padre, algunas anécdotas del pasado. Juntos rememoran, por ejemplo, aquella vez en la que Tito consiguió fotografiar al mismísimo Caudillo en las Fragas del Eume, adonde acudía a pescar. «Franco pescaba, sí, pero de echar la caña y de recogerla se ocupaban los guardarríos», recuerda el padre.
También pasaron por el filtro de su objetivo el cardenal Quiroga Palacios, Andrés Dobarro, Juan Pardo, Ana Kiro, el Rey don Juan Carlos cuando todavía era príncipe...
En fin, que con tanto trabajo a las espaldas, Tito comenzó a necesitar un ayudante. Y allí estaba Jose para echarle una mano. «De pequeño, con apenas once años, ya lo acompañaba a las bodas; primero solo le llevaba las bolsas, pero luego empecé a hacer fotos y vídeo», dice su hijo rebobinando en la memoria.
El heredero del negocio familiar asegura que aprendió todo de su padre. Y se siente agradecido por haber heredado una profesión con la que dice disfrutar «muchísimo». Tito confiesa que lo que más le gusta de la cámara es la fotografía costumbrista, mientras que Jose cuenta que disfruta más trabajando con los niños. Pero los dos tienen algo en común. Y es que viven anclados a una cámara.
Con el ojo siempre pegado al objetivo.